Una radiografía familiar que encuentra lo desopilante dentro de la hostilidad

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Convertido en un clásico de la cartelera teatral porteña, Mi hijo solo camina un poco más lento sigue sumando funciones. Esta vez en el espacio cultural Caras y Caretas, donde se llevó a cabo una función de esta conmovedora obra en el marco del ciclo Teatro de miércoles.

Una enfermedad de la cual no se dice mucho lo dejó a Branko imposibilitado de caminar. Hoy es su cumpleaños número 25 y su mamá está feliz y nerviosa por el festejo. En la casa vive también el padre, la hermana y los abuelos del joven, quienes pasan sus días en un hogar oscuro y con olor a encierro. Serán sus tíos y una entusiasta amiga de su hermana quienes traerán el mundo de afuera y aportarán buenas dosis de humor.

Una mamá cuya vida gira en torno a ese hijo que quedó en sillas de ruedas y que carga sobre sus hombros toda la responsabilidad de ese hogar. Un padre que se la pasa trabajando y que parece no poder acercarse a su esposa. Una abuela que se refugia en la fantasía para sortear los vericuetos de su maltrecha memoria y encontrar algo de luz entre tanta oscuridad. Un abuelo cansado y olvidado. Una hija que no entiende cuál es su lugar en esa familia, que no se siente mirada por su madre. Un hermano que es el centro de todas las preocupaciones por su discapacidad. Una familia que parece negar lo que sucede. De todo esto y mucho más va esta obra que sabe retratar el dolor con soltura y espontaneidad.

Es que más allá de la compleja situación familiar que representa, Mi hijo solo camina un poco más lento es una pieza teatral fresca, plagada de momentos de humor y ternura, que encuentra lo desopilante dentro de lo hostil. Sin embargo, esa liviandad no es inocente porque el texto se mete donde duele y nos deja resonando preguntas muy profundas ante las cuales es imposible no sentirse interpelado.

La puesta en escena ya es marca registrada de su director Guillermo Cacace: todos los actores en el escenario, la presencia de sillas en el espacio y el vestuario deportivo. A esto se le suma una dirección que coloca el ritmo de la obra en la rapidez de la palabra y la representación del conflicto en el poco contacto visual entre los personajes, quizá como metáfora de cierta imposibilidad de mirarse y de escucharse verdaderamente cuando el dolor atraviesa el alma. La soledad, lo no dicho, los miedos, el olvido, la honestidad brutal, el paso irremediable de los años, también están presentes, latentes, al acecho, por debajo de las palabras que estos personajes dicen con una velocidad vertiginosa.

Mi hijo solo camina un poco más lento pone en escena a una familia que trata de mantener cierta normalidad y que no sabe qué hacer ante la discapacidad. Pero también es la historia de seres solitarios, que no pueden comunicarse, en permanente lucha con sus propios fantasmas. Una radiografía familiar que no escapa de la hostilidad en una trama entrañable.

📌 Domingos a las 20.30 en Timbre 4, Boedo 640, Ciudad de Buenos Aires.

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