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Un padre. Un hijo. La imposibilidad de comunicarse. No hay mirada. No existen palabras. Una distancia que parece un abismo. Y la desesperación por encontrar algo de humanidad en todo eso.

Hay problemáticas o temas que son difíciles de narrar. El autismo es una de ellas. Quizá porque la experiencia de cada sujeto es distinta o porque hay tantas maneras de transitarlo como personas. No obstante, una obra como El hombre de acero lo logra y nos inserta en la intimidad del vínculo entre un padre y un preadolescente con autismo en pleno despertar de la sexualidad. Y lo hace con una economía de recursos que vuelve al monólogo absolutamente conmovedor.

Con dramaturgia y dirección de Juan Francisco Dasso, la pieza teatral recorre distintos momentos de la vida del padre y de su relación con ese niño al cual por momentos parece desconocer. No hay ahí posibilidad de encuentro genuino. Sin embargo, ese padre desesperado hará todo lo posible por conseguir la mirada de su hijo. ¿Quién es el hombre de acero? ¿Ese padre que no puede empatizar con el niño? ¿O ese niño que no puede mirar a su papá?

Marcos Montes

El texto va desplegando, capa tras capa, un vínculo complejo al mismo tiempo que cruza con anécdotas de la juventud del padre. Esa angustia es sorteada, a veces, por momentos de mucha racionalidad, quizá como una forma de protegerse o de encontrar alguna explicación que ayude a sobrellevar el dolor. Como un juego de espejos, padre e hijo son narrados en un relato a un “interlocutor bloqueado” que se encuentra en la platea. Pero esa interlocución no es azarosa. El padre le habla al único amigo de su hijo, al único que puede lograr sacarlo del encierro en el que el joven está, al único nombrado, al elegido. Y la frustración y también la envidia no tardarán en aparecer en ese padre que ya está tan cansado.

Marcos Montes es el actor a cargo de este monólogo y su trabajo se va desplegando paulatina y sutilmente. Construye a un hombre atravesado por un gran dolor y también por la incertidumbre y la impotencia. Sus matices son muy precisos y los pocos estallidos caen en el momento justo. Su cuerpo y su voz están al servicio del personaje y su entrega es absoluta y conmovedora. Cuenta con una gran sensibilidad que atraviesa la platea y su mirada es franca, cercana, transparente. Pero, Montes va un poco más allá y, apoyado en el texto, también logra inquietar y sembrar dudas. El espectador se mueve incómodo en la butaca al tiempo que se emociona hasta las lágrimas.

El hombre de acero es la historia de un padre desamparado, asfixiado en una rutina de cierta comodidad económica pero desesperado por vincularse con un hijo que parece estar siempre en otro universo. Un hombre que ya no sabe qué más hacer para lograr un momento de empatía. Un hombre que se endureció para soportar el dolor. Un hombre que tras una fachada de racionalidad esconde una gran desolación. Un hombre que, en definitiva, solo desea ser mirado.

Domingos, 19.00. Espacio Callejón, Humahuaca 3759.

 

 

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