Confío en vos: la confianza como acto pedagógico

María del Pilar Ravaioli, Licenciada en Tecnología Educativa y maestranda en Educación de la Universidad de San Andrés, afirma que la confianza pedagógica no es ingenua. "Sabe que habrá errores, retrocesos, momentos difíciles; pero incluso así decide sostener la apuesta".

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Por María del Pilar Ravaioli, Licenciada en Tecnología Educativa y maestranda en Educación de la Universidad de San Andrés

Hace un tiempo escribí un artículo en el que sostenía que mirar con amor es una condición fundamental para que suceda la educación. Decía ahí que cuando un docente mira a un niño con amor —con respeto, con cuidado, con deseo genuino de que crezca— algo se habilita: el aprendizaje encuentra un lugar posible. Sigo creyendo profundamente en esa idea.

Pero hace un tiempo, y después de muchos espacios educativos, muchas conversaciones con chicos y muchas escenas compartidas, empecé a pensar que, quizás, el amor pedagógico toma forma concreta de otra manera.

Hoy pienso que lo que sostiene mi acto educativo no es solo el amor, es también, y de manera muy fuerte, la confianza.

Hay una frase que repito constantemente en diversos escenarios educativos: “Confío en vos.”

La digo muchas veces. A veces frente a un ejercicio difícil, a veces cuando algo no sale, a veces cuando un chico duda de sí mismo antes siquiera de intentarlo. Pero también cuando la vida se pone difícil, cuando tienen que tomar decisiones, cuando algo los desordena o los enfrenta a un desafío más grande que el aula. La digo en esos momentos en los que necesitan saber que hay un adulto que sigue creyendo en ellos. Y cada vez que la digo me doy cuenta de que, en el fondo, educar tiene mucho de eso: apostar por el otro incluso antes de que el otro pueda apostar por sí mismo.

Confiar en un alumno es mirarlo no solo por lo que es hoy, sino por todo lo que puede llegar a ser. Es negarse a aceptar que su historia, su contexto o sus errores definan de manera definitiva su destino. Es decirle —con palabras o con gestos—: creo que vos podés.

En esa confianza también habita algo más profundo: la esperanza.

La esperanza pedagógica no es ingenuidad ni optimismo vacío. No es pensar ilusamente que todo saldrá bien o que todos los problemas desaparecerán. Es, más bien, sostener la convicción de que siempre hay posibilidad de transformación. Que siempre puede aparecer un nuevo intento, una nueva comprensión, un nuevo camino.

Quizás por eso sigo yendo a lugares donde muchos otros ven solo dificultades. Voy porque confío. Confío en los chicos, confío en lo que pueden construir, confío en que pueden imaginar una vida distinta. Confío, en definitiva, en que nadie está completamente definido por su punto de partida.

Ahora bien, confiar en un alumno no es solo un sentimiento ni un gesto de buena voluntad. No es una idea romántica ni una declaración vacía.

Confiar también es un trabajo profundamente profesional.

Confiar implica conocer a los chicos, conocer sus historias, sus tiempos, sus modos de aprender. Implica comprender los contextos en los que crecen, las oportunidades que tuvieron y las que no, las redes que los sostienen y las que muchas veces faltan.

Confiar es también formarse, estudiar, buscar herramientas, revisar las propias prácticas. Es preguntarse una y otra vez qué más se puede hacer para acompañar mejor. Porque confiar en un alumno no significa esperar pasivamente que algo suceda: significa prepararse para ofrecerle las mejores condiciones posibles para que pueda aprender.

Confiar es no subestimar. Es sostener expectativas altas incluso cuando el camino parece difícil. Es creer que los chicos pueden pensar, pueden comprender, pueden construir, pueden crecer.

Y también es un trabajo colectivo. Ningún educador confía solo. Confiar implica construir redes, trabajar con otros docentes, con las familias, con las instituciones, con la comunidad. Implica entender que educar es siempre una tarea compartida.

No ignoro que el escenario en el que educamos muchas veces es complejo. Hay realidades atravesadas por la vulnerabilidad, por la desigualdad, por historias difíciles que pesan sobre la infancia. Hay situaciones que desafían todos los días el trabajo docente y que nos obligan a repensar permanentemente nuestras prácticas.

Pero incluso en esos contextos —o quizás especialmente en esos contextos— la confianza no puede perderse.

Por supuesto, confiar también implica aceptar algo que todos sabemos: los chicos a veces se equivocan. A veces no cumplen, a veces toman decisiones que nos frustran o nos duelen. Puede pasar incluso que sintamos que rompen esa confianza que depositamos en ellos. Y esto también implica asumir que nosotros, como docentes, no siempre tenemos todas las respuestas: que necesitamos seguir formándonos, revisar lo que hacemos y apoyarnos en otros para poder acompañarlos mejor.

Pero la confianza no es un contrato frágil que se rompe a la primera caída.

Confiar no significa creer que nunca van a equivocarse. Significa, más bien, seguir apostando incluso cuando se equivocan. Crecer también es eso: intentar, caer, volver a intentar. Y muchas veces los chicos necesitan saber que, incluso cuando algo salga mal, la mirada del adulto que los acompaña no desaparece.

La confianza pedagógica no es ingenua. Sabe que habrá errores, retrocesos, momentos difíciles. Pero incluso así decide sostener la apuesta.

Quizás porque, en el fondo, educar es justamente eso: seguir creyendo en el otro incluso en los momentos en que al propio chico le cuesta creer en sí mismo.

Y entonces la frase vuelve a aparecer, sencilla pero profunda, como una especie de promesa que sostiene el vínculo educativo: Confiá en vos. Yo confío.

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