La humanidad, espectadora de su propia destrucción

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Un circo escondido en el subsuelo de un edificio de oficinas del centro porteño. Dos payasos comienzan a hacer su número en la calle. Un mayordomo con acento alemán recibe al público y lo conduce por las profundidades de unas escaleras grises. Así comienza Der Kleine Führer, la última obra de Eugenio Soto, el también autor de La noche oscura.

La esfera política y las altas jerarquías empresariales de un conocido laboratorio se unieron en un proyecto siniestro: el nacimiento de un nuevo Führer. Sin embargo, el plan no salió tal como lo esperaban: una debilidad pulmonar confinó al niño a vivir encerrado. Ahora, la Bayer ha fabricado una vacuna milagrosa que le permitirá salir al mundo. Ese día llega y los payasos están listos para recibirlo con alegría, música y risas. Pero no todo es lo que parece y la ceremonia se teñirá de oscuridad.

Karen Hawryliszy

¿Qué implica colocar la figura de un nuevo Fuhrer en un niño? Quizá sea la metáfora de cierta esperanza depositada en la niñez como aquella generación que salvará al planeta o que, al menos, hará de él un lugar mejor. Pero si el mundo actual es horrible y está cada vez más cerca del colapso, ¿qué le queda a la infancia? ¿Qué sociedad le están dejando unos adultos que solo saben escribir papers y artículos académicos sobre la pobreza y la desigualdad pero que no hacen nada para cambiar las cosas? Puro “bla, bla, bla”, va a decir ese niño monstruo en su monólogo final.

¿Es la obra una denuncia de este doble discurso o es una sátira del ser nacional? Quizá las dos cosas. Al respecto no parece casual la elección del lugar donde se realizan las funciones: microcentro de la Ciudad de Buenos Aires, barrio de la oligarquía, centro de los poderes políticos y burocráticos y lugar donde se encuentran las empresas más poderosas.

Darío Pianelli y Jazmín Diz

El circo como espacio donde habita la alegría de la infancia está reducido a una oscura habitación en el subsuelo de un edificio de oficinas. El juego se convirtió en un gris burócrata. Los payasos contratados para llevar diversión ya no pueden hacer reír a nadie. Bufones al servicio del poder cuyas pantomimas resultan patéticas. La risa aparece entonces como una mueca mordaz, un gesto vacío ante lo que fue y ya no es más. Esos payasos, símbolo de una niñez que ya no tiene porvenir, quizá sean lo único humano entre los otros personajes, siniestros y oscuros, que se han robado todos los horizontes en un mundo destruido, cínico y devastado.

Lucas Delgado y Jazmín Diz

Una denuncia de los vínculos entre la política y las grandes empresas, una sátira de esa clase alta conservadora seducida por las ideas fascistas, un relato que recuerda el eterno devenir de la historia, una crítica a los discursos de la corrección política, una puesta en escena del doble discurso que postula a la niñez como protagonista de un mundo mejor. En Der Kleine Führer el pasado se vuelve presente, la alegría se convierte en horror y el futuro solo es desierto y desesperanza. La humanidad está al borde del precipicio y el vacío está ahí, solo hay que dar un paso más.

Julia Pérez Ortego, como el niño Adolf.

📌 Domingos, 19 h en Sala de Máquinas: Lavalle 1145, Ciudad de Buenos Aires.

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