Los vericuetos del poder. Cuando la transgresión no implica liberación.

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pundonor Foto :Sandra Cartasso
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Una profesora universitaria vuelve a las aulas después de una larga licencia. Quizá lo intuye pero será su última clase. La explicación de la teoría de uno de los filósofos más interesantes del siglo XX la llevará por los vericuetos de su propia existencia para finalmente usarse como ejemplo. Su vida y la teoría recorrerán el mismo camino y, de pronto, la certeza de que no hay salida ilumina el cielo como un rayo en plena tormenta.

“Pundonor” es un monólogo escrito por la propia actriz, Andrea Garrote, y dirigido por Rafael Spregelburd que agota entradas cada sábado a la noche en Hasta Trilce, una hermosa sala del barrio de Almagro. En cada función, Andrea se convierte en la profesora Claudia Pérez Espinosa, quien tiene a su cargo una materia que indaga en la teoría de Foucault. Luego de una licencia, retoma las clases pero a medida que avance con la explicación tendrá la necesidad de dar su propia versión de los hechos: una trama de eventos desafortunados que la llevaron a quedar como una de las tantas excluidas de las que habla el filósofo.

Uno de los tópicos más importantes de la teoría de Foucault es el proceso de normalización que se da en las sociedades disciplinarias. Ante lo que se considera socialmente normal, la protagonista quiere encontrar un intersticio, ese que le habilitará una salida, aunque sea fugaz, en medio de tanta racionalidad occidental. Sin embargo, todo aquello que ella realizó para salirse del sistema, la sigue manteniendo dentro de los márgenes de esa normalidad construida. Los actos delincuentes y arbitrarios que llevó a cabo están dentro de los límites de la racionalidad. Y, paradójicamente, aquellas cosas que hizo por olvido o por error son las que la llevarán a ser etiquetada como loca y, por lo tanto, separada y excluida. El sistema lleva intrínsecamente su propia ruptura. La transgresión entonces no implica la liberación.

Claudia Perez Espinosa terminará siendo una de esos excluidos de los que tanto hablará Foucault. Los locos, los débiles, los presos, los deprimidos (y todas las ciencias que los tomaron como objetos de estudio) fueron uno de los temas fundamentales que preocuparon al pensador. Una sociedad que delimita lo normal de lo anormal, para lo cual erigió sus instituciones de encierro. El sistema entonces se fortalece a través de la creación de sus propios excluidos. El poder circulará por esos vericuetos y atravesará a la sociedad entera porque nadie lo tendrá pero pocos lo ejercerán. La escuela fue una de las instituciones estudiadas por Foucault. Sabemos que el sistema educativo es uno de los que contribuyen a la construcción de una normalidad y una anormalidad, de un horizonte de lo pensable. El aprendizaje del lenguaje nos inserta en un perímetro de lo posible. El sistema educativo, al construir un modelo de alumno y de alumna, determina a sus propios excluidos.

Poder y saber permanecen en un relación de mutua necesidad. El saber habilita los mecanismos del poder y, al mismo tiempo, este poder construye su propio régimen de la verdad a través del lenguaje, que determinará lo correcto y lo incorrecto, lo normal y lo anormal. Lejos de que sea un elemento de expresión, el lenguaje será una de las herramientas al servicio del poder. La utilización de las palabras para expresar lo que deseamos es una mera ilusión porque es el lenguaje el que nos utiliza a nosotros, nos confina a pensar, a decir y a imaginar determinadas cuestiones. Entonces, las categorías con las que pensamos el mundo y con las que lo criticamos son parte de las rejas del propio sistema que nos oprime. Militamos para las causas que el propio sistema habilita que militemos. No hay, entonces, salida posible.

Claudia Pérez Espinosa explica la teoría de Foucault y, para ello, termina colocándose a sí misma como ejemplo. Objeto y sujeto coinciden en el mismo plano hasta el punto de que se borrarán las fronteras entre lo dicho y lo vivido. Ella tiene una conciencia plena de que no hay salida posible. Sin embargo, luchará hasta el final y en esa lucha la que prestará no sólo su cuerpo sino también su alma es la actriz Andrea Garrote, que logra llenar de matices y de sutilezas a esta profesora. La situación de clase puede ser riesgosa para el teatro si se queda en el nivel del relato. Sin embargo, tanto la actuación de ella como la dirección de Spregelburd logran darle la teatralidad necesaria para que el trabajo emocione e interpele al espectador. Mención aparte merece el texto que, escrito por la propia actriz, vislumbra un gran conocimiento de la teoría del pensador y una gran pericia para transmitir imágenes que se quedarán grabadas.

¿Cómo luchar contra un poder que nos oprime y al cual nosotros mismos contribuimos a erigir? ¿Cuál es la salida si las categorías con las que pensamos al mundo son las rejas del sistema que nos oprime? ¿Cómo salir de una normalidad construida por nosotros mismos en cada gesto cotidiano? ¿Cómo luchar contra la centralización del poder en tiempos de redes sociales? Son algunas de las cuestiones que plantea una obra inteligente, absolutamente actual y locuaz como “Pundonor”.

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