Las aguas turbias

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Una madre y una hija en un viejo hotel de un pueblo arrasado por la contaminación. Testigos de la enfermedad y la muerte de muchos vecinos y allegados, sobreviven como pueden. Sus días transcurren entre el dolor, el hastío y la certeza de que nada cambiará. Este es el punto de partida de “El río en mí”, la última creación de Francisco Lumerman que llena la sala de Moscú Teatro los domingos a la tarde y que pone en escena un tema poco tratado en el teatro.

La tensa calma en que viven se verá alterada por la llegada de un empleado de la empresa que ha provocado el desastre, cuyos compañeros han terminado quitándose la vida en el río. Ese mismo río envenenado por los desechos tóxicos tiñe la atmósfera de un lugar que supo ser muy distinto en el pasado. Ahora todo es destrucción y oscuridad, la naturaleza se alteró tanto que hasta crece una planta con la capacidad de adherirse a los tobillos y piernas, la katupirí. Como un enemigo al acecho, ella espera el descuido de cualquier caminante para atacar. El peligro está ahí, a tan sólo unos pasos. Se respira, se siente y atraviesa lo cotidiano.

Esa misma oscuridad está presente en la historia familiar. La dramaturgia ingresa en ese otro terreno para reconstruir una familia rota, con un pasado marcado por la violencia y el abandono. Elena Petraglia construye con convicción una madre agobiada pero con un atisbo de esperanza que le permite seguir todavía. Por su parte, Malena Figó es una hija que creció sola, abrumada por sus propios fantasmas, desesperanzada y atravesada por el odio y el rencor, cuya vida ve escurrirse entre sus dedos como el agua de ese río. Por su parte, Claudio Da Passano logra emocionar con un trabajo lleno de matices y sutiles gestos.

El pasado volverá una y otra vez en la historia y se entrelazará con un presente arrasado y un futuro imposible. La vida transcurre en un contexto donde la contaminación arrasó con todo y se llevó las vidas de grandes y chicos. La única opción es marcharse pero ¿qué queda para aquellos que permanecen? Quizá la venganza es lo único, la satisfacción sutil de habérselas cobrado. En ese sentido, “El río en mí” no es un texto moral ni pedagógico, se permite correr los límites y plantear una situación que puede ser tan siniestra como humana.

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