Por Flavia Lorena Morales. Docente, licenciada en Informática Educativa, doctoranda en Educación y ex diputada nacional.
Los resultados de PISA 2025 no sorprendieron a nadie que pise una escuela. Argentina cayó por primera vez en las tres áreas al mismo tiempo: 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura, 393 en Ciencias. Es el peor registro en veinte años y, en Matemática, el más bajo desde que participamos de la prueba en 2001. Tres de cada cuatro chicos de 15 años no pueden resolver una regla de tres simple. Seis de cada diez no entienden lo que leen. Apenas el 1% llega a los niveles altos. Quedamos octavos entre trece países de América Latina, detrás de Uruguay, Chile, Costa Rica, México, Colombia, Brasil y Perú. Octavos. Y todavía hay quien se pregunta si el dato es tan grave.
Como decían hoy varios colegas, PISA es el riesgo país de la educación. Con una diferencia: el riesgo país financiero mueve mercados, tapas de diarios y reuniones de gabinete. El educativo ya no nos alarma. No nos avisa nada porque dejamos de escucharlo. Lo naturalizamos como un dato de fondo, una cifra que siempre fue mala y siempre lo será. Por eso lo que sorprende no es el resultado, sino la velocidad con la que empezó el reparto de culpas. El comunicado oficial se la adjudicó a una gestión política; el informe técnico es bastante más cauteloso. Y la respuesta honesta es incómoda para todos: la culpa es de todos y de nadie en particular. Nadie se salva. Este riesgo país se viene acumulando desde los años 40.
Desde mediados del siglo pasado cambió el trabajo, cambió la economía, cambió la familia, cambió la forma en que circula el conocimiento y la tecnología cambió de punta a punta. La escuela argentina sigue con la misma estructura: la misma organización por grados y materias, la misma jornada, la misma aula con un adulto adelante y treinta pibes en fila. No cambió ni siquiera su arquitectura institucional. Tenemos escuelas del siglo XIX, docentes del siglo XX y alumnos del siglo XXI.
Discutimos contenidos, discutimos evaluaciones, discutimos si sacamos los celulares del aula. Jamás discutimos el modelo. Es más fácil pelearse por el celular que preguntarse para qué sirve la escuela.
Y mientras no discutimos el modelo ni la escuela a la que aspiramos, seguimos cargando en la escuela tareas que le competen a la primera institución educativa, que es la familia. Si un chico usa piercing o no, si se tatúa o no, es un tema familiar. La escuela puede fijar normativas, pero los valores y los principios se trabajan primero en la casa, o se supone que ahí se trabajan. No le podemos seguir pidiendo más a la escuela. En los últimos años cumplió sobre todo un rol social, discutible o no, pero necesario: necesario frente a tanta pobreza, frente a la pérdida de trabajo, frente a la reconversión de oficios enteros atravesados por la economía del conocimiento. La escuela sostuvo lo que otras instituciones dejaron de sostener. Y encima le pedimos que enseñe.
Ni hablar de la profesionalización de la formación docente. Seguimos formando maestros y profesores con esquemas de otra época: institutos desiguales, sin carrera profesional real, sin formación continua seria, sin vínculo con la práctica en terreno. Le pedimos al docente que resuelva en el aula lo que el sistema no resolvió en sesenta años. Lo digo desde adentro: soy maestra de primaria, me formé en informática educativa, hoy investigo en educación, y después de muchos años dirigiendo programas educativos sé exactamente lo que se les pide a los docentes y con qué herramientas se les pide. Con ninguna.
Y hay que decirlo también, aunque moleste: no vi un solo gremio docente salir a discutir un contenido pedagógico. Ni uno. El reclamo es salarial y la herramienta es el paro. El salario docente es un problema real y hay que defenderlo. Pero en décadas de conflicto no hubo una propuesta gremial sobre cómo se enseña matemática, sobre alfabetización inicial, sobre qué hacer con los chicos que llegan a la secundaria sin leer. Un gremio que representa a los que enseñan y no habla de enseñanza es parte del diagnóstico. Y del otro lado de la mesa pasa lo mismo: a los ministros de Educación se los come la coyuntura salarial. No discuten ni debaten pedagogía. Existe un Consejo Federal, sí, pero ahí cada provincia vende lo que quiere vender. No hay un proyecto educativo nacional que se discuta en serio en ningún lado. Ni en el ministerio, ni en el sindicato, ni en el Consejo.
Ningún país define un modelo económico sin definir antes un modelo educativo. Nosotros lo hacemos al revés, o directamente no lo hacemos. Cada gestión llega con su reforma, su plan, su nombre nuevo para el mismo programa, y a los cuatro años se desarma para que la siguiente empiece de cero. Cada cuatro años cambia todo para que nada cambie. Los problemas enraizados —la primaria que no alfabetiza, la secundaria que expulsa, la brecha entre provincias— sobreviven a todos los gobiernos porque ninguno los trata como problemas de Estado. Los trata como problemas del gobierno anterior.
Los datos son claros: Argentina retrocede en Matemática de manera sostenida desde 2009. Eso atraviesa gobiernos de todos los signos. Nadie se salva y nadie puede colgarse una medalla.
Lo vi desde adentro, también, como diputada nacional: la política educativa atravesada por la partidaria no es una frase, es la forma en que se discuten y se votan las leyes de educación en este país. Se vota por bloque, no por los pibes.
Se va a decir que la caída es global y que la explican las pantallas. Es cierto que es global, y es cierto que las pantallas influyen. Pero la propia OCDE lo aclara: esa tendencia no explica la magnitud de la caída argentina. Uruguay y Chile tienen los mismos celulares que nosotros y están arriba. La tecnología no es la causa; es el espejo de un sistema que no supo integrarla ni usarla a su favor. Lo veo todos los días trabajando con chicos en programas de tecnología: cuando la tecnología se pone al servicio de un proyecto pedagógico claro, aprenden. El problema es que, a escala de sistema, el proyecto no está. Culpar al celular es la forma más cómoda de no mirar la escuela.
Y me hago una pregunta que nadie hace: ¿alguna vez tuvimos al frente de la política educativa a alguien que, además de un buen currículum universitario, conociera el sistema desde adentro? Que haya pisado una escuela rural, un instituto de formación docente del conurbano, una técnica con el taller cerrado por falta de insumos. Que sepa cómo funciona una supervisión, una junta de clasificación, una cooperadora. La educación argentina se decidió durante décadas desde escritorios que nunca conocieron el territorio.
La salida la veo en un nuevo contrato social. La educación no es un problema del ministerio de turno ni de los docentes: nos compete a todos, familias, empresas, universidades, sindicatos, medios, sociedad civil. Pero que sea de todos no significa que la responsabilidad esté repartida en partes iguales. La mayor responsabilidad la tienen quienes toman las decisiones y asignan los presupuestos. Y acá no hay misterio: si seguimos bajando el presupuesto educativo, vamos a seguir teniendo peores resultados. No hay reforma, ni carrera docente, ni proyecto pedagógico que se sostenga con menos recursos cada año. El presupuesto no garantiza resultados por sí solo, hay países que gastan muchísimo y rinden mal, pero sin presupuesto no hay ninguna posibilidad. Un contrato social educativo empieza por ahí: acordar qué escuela queremos y comprometer los recursos para sostenerla más allá de quién gobierne.
Ese contrato no puede esperar a la próxima elección ni a la próxima prueba PISA. Replantearnos la escuela es hoy. No hay tiempo. Si seguimos así, vamos a seguir bajando y nos vamos a quedar afuera. Es cierto que la caída es global y que el mundo entero está discutiendo cómo educar en esta época. Pero justamente por eso: nosotros tenemos muchísimo para perder. Somos un país con talento de sobra, con chicos que cuando encuentran un proyecto responden, con docentes que sostienen la escuela a pulmón. Quedarnos atrás con todo eso no es un destino, es una decisión.
Todos vimos subir este riesgo país durante décadas. La pregunta es si vamos a seguir mirándolo como un dato de fondo o si alguna vez vamos a tratarlo como lo que es: la señal de que el país que queremos no se puede construir sobre esta escuela.

























