La inteligencia artificial ya ingresó en las rutinas de estudio de muchos estudiantes argentinos. No aparece solamente como una novedad tecnológica, sino como una herramienta que utilizan para buscar información, comprender temas difíciles, organizar tareas y acceder a nuevos recursos educativos.
El estudio “Reflejos de una generación”, elaborado por Santillana junto con la Confederación Interamericana de Educación Católica, relevó la mirada de 28.845 estudiantes, pertenecientes a la Generación Alfa y la Generación Z. Sus resultados muestran que los jóvenes no solo usan IA, sino que empiezan a desarrollar criterios propios para evaluar sus respuestas y decidir cómo incorporarlas a sus procesos de aprendizaje.
De acuerdo con la investigación, el uso predominante de la IA se concentra en el ámbito académico. Entre los principales beneficios, los estudiantes mencionan ahorrar tiempo en la búsqueda de información, con un 64,5%; comprender temas difíciles, con un 55,2%; facilitar la organización y planificación de tareas, con un 41,7%; y acceder a una mayor cantidad de recursos educativos, con un 37,7%.
Estos datos permiten matizar algunas miradas adultas sobre la inteligencia artificial. Para muchos jóvenes, la IA no aparece únicamente como atajo o reemplazo del esfuerzo, sino como una herramienta de apoyo para estudiar, organizarse y resolver dudas.
Confían, pero verifican
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio es que los estudiantes no se relacionan con la IA de manera completamente ingenua. Según la investigación, entienden estas herramientas como un recurso pedagógico y utilizan filtros de validación. En muchos casos, consultan dos o tres aplicaciones de IA para chequear si la información que reciben es correcta y válida.
La expresión que mejor resume esa relación es “confío, pero verifico”. Seis de cada diez estudiantes afirman confiar en la información que les proporciona la IA, pero al mismo tiempo mantienen mecanismos de contraste.
Esta actitud muestra una convivencia generacional más compleja que la simple fascinación tecnológica. Los estudiantes integran la IA con naturalidad, pero también expresan dudas y alertas sobre su impacto en la forma de pensar y aprender.
Francisco Ortiz, Director Global de Inteligencia de Negocio de Santillana, lo sintetizó así: “Los chicos temen perder su capacidad de reflexión, que se lo hagan demasiado fácil, pero a la vez desconfían. Son estudiantes en alerta y con un alto nivel de madurez tecnológica. Son generaciones muy digitales que lo integran con naturalidad en su rutina vital”.
El miedo no es solo tecnológico
Mientras muchas familias concentran sus preocupaciones en el tiempo de pantalla, la privacidad o los riesgos digitales, los estudiantes expresan una inquietud distinta: el temor a perder autonomía intelectual.
Según el estudio, la preocupación de los jóvenes es “más humanista que tecnológica”. No se enfoca únicamente en fallas de seguridad o amenazas externas, sino en el riesgo de que la IA resuelva demasiado, debilite el juicio propio o reduzca la capacidad de reflexión.
Este punto resulta especialmente importante para las escuelas. Si los jóvenes ya usan IA para aprender, el desafío no es negar su presencia, sino enseñar a utilizarla de manera crítica. Eso implica formular mejores preguntas, contrastar respuestas, revisar fuentes, detectar errores, comprender sesgos y reconocer cuándo una herramienta ayuda y cuándo empobrece el proceso de aprendizaje.
Familias entre la confianza y el desconocimiento
El uso estudiantil de la IA contrasta con la inseguridad que muchas familias sienten frente al entorno digital. El estudio “Radiografía de la familia argentina: nuevo contrato con la escuela”, realizado a 10.800 familias, muestra que el 88,3% de los padres afirma hablar con sus hijos sobre lo que hacen en Internet. Sin embargo, una proporción menor se siente realmente segura respecto de sus conocimientos tecnológicos.
Esa distancia abre una pregunta central: ¿cómo acompañar a estudiantes que ya usan herramientas de IA cuando muchos adultos todavía no comprenden del todo cómo funcionan, qué posibilidades ofrecen o qué riesgos implican?
La respuesta no puede apoyarse solo en el control. También requiere formación, conversación y acuerdos. Las familias necesitan saber qué usos de la IA pueden favorecer el aprendizaje, cuáles pueden generar dependencia o reemplazar procesos importantes, y cómo conversar con sus hijos sobre autoría, esfuerzo, validación de información y pensamiento propio.
Una tarea compartida con la escuela
El 77% de las familias considera que la escuela debe tener un papel más activo en la educación digital. Ese dato muestra una demanda clara, pero también una responsabilidad compartida: la alfabetización digital no puede quedar únicamente en manos de los hogares ni reducirse a una materia o taller aislado.
La escuela puede ayudar a ordenar criterios: cuándo usar IA, cómo citarla o transparentarla, cómo revisar sus respuestas, cómo diferenciar ayuda de copia y cómo sostener aprendizajes significativos en un entorno donde las respuestas automáticas están cada vez más disponibles.
Para las familias, ese acompañamiento puede ofrecer un marco más claro para dialogar con los jóvenes. Para los estudiantes, puede convertir una práctica ya existente en una oportunidad formativa más consciente.
En definitiva, la pregunta ya no es si los estudiantes van a usar inteligencia artificial para aprender. La pregunta es cómo construir una alianza entre escuela, familias y jóvenes para que ese uso fortalezca la comprensión, la autonomía y el pensamiento crítico.





























