Por Gustavo Guinle, Coordinador de Innovación Educativa del Instituto Argentino de Inteligencia Artificial (INARIA). Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación. Consultor Senior en IA y Tecnología Educativa.
El debate más urgente de nuestra época no gira en torno a la capacidad de cálculo de las máquinas, sino a la inteligencia humana y nuestra capacidad de cultivar la sabiduría. Sin embargo, las etiquetas moldean el imaginario. En el verano de 1956, John McCarthy acuñó el término «Inteligencia Artificial» en Dartmouth. Lejos de un consenso filosófico sobre la mente, fue una marca estratégica para conseguir financiamiento y evitar disputas territoriales con campos científicos ya instalados.
Al acentuar lo «artificial», caímos en la trampa de concebir la tecnología como un ente autónomo que compite con nosotros. Pero la mente no termina en el cráneo, como demostraron Andy Clark y David Chalmers en «The Extended Mind» (1998), los soportes externos (como un simple anotador) no son meros accesorios, sino partes constitutivas de nuestra propia cognición.
Sin embargo, el soporte cognitivo definitivo no es un objeto inerte, sino el lazo social: una inteligencia comunitaria. En un GPS, por ejemplo, la verdadera inteligencia no reside en el frío algoritmo que calcula distancias de forma aislada, sino en el conductor que reporta desinteresadamente un bache o un choque. Ese pequeño acto de solidaridad digital recíproca y altruista es lo que da vida real a la plataforma. Es un acoplamiento técnico con un profundo espesor moral, fundado en la confianza recíproca y no en la mera obediencia ciega de instrucciones.
Frente a la obsesión contemporánea por diseñar «ciudades inteligentes» gobernadas por sensores y automatizaciones de datos, cabe preguntar si una urbe es inteligente por sus algoritmos o por la solidez ética de sus lazos comunitarios. La Carta Encíclica «Magnifica Humanitas» (mayo de 2026) evoca la reconstrucción de Jerusalén bajo el liderazgo de Nehemías. En este recorrido, Nehemías –en lugar de imponer un plan maestro tecnocrático y centralizado- encomendó a cada familia levantar el tramo de muralla frente a su propio hogar. Aquella obra compartida renació por la responsabilidad distribuida y los vínculos fraternos se reconstruyeron antes que las piedras.
El «camino de Nehemías» es el reverso perfecto del «síndrome de Babel». Babel representa la ambición monolítica bajo un lenguaje único —hoy digital— que homogeniza las diferencias y reduce la dignidad humana a datos de rendimiento de mercado. Jerusalén, en cambio, propone la armonía de la comunión: cada actor asume su tramo y pone su saber al servicio del bien común. La infraestructura centralizada no se elimina, funciona como el plano de diseño indispensable para que el esfuerzo colectivo encaje perfectamente con el del vecino.
Una urbe verdaderamente inteligente es aquella que, inspirada en la sabiduría comunitaria, se vuelve primero justa, y luego sabia, descentralizando la tecnología y dando voz activa a educadores, trabajadores y familias. Esto exige defender el código abierto (open source) y estándares compartidos que eviten la exclusión digital y la privatización monopólica del saber común.
No debemos temer a la «inteligencia artificial» como un fetiche autónomo. En esta reconstrucción, «a cada uno corresponde su tramo». Y al final, el valor de nuestra era no radicará en la velocidad de procesamiento de datos, sino en la sabiduría y lucidez ética para poner la ciencia de datos al servicio de las periferias, levantando juntos las murallas de una convivencia fraterna y de puertas abiertas, donde la tecnología esté estrictamente subordinada a la vida buena en comunidad.
























