Durante cinco días, la Estación Belgrano volvió a transformarse en uno de los principales puntos de encuentro cultural de Santa Fe. Más de 60 mil personas participaron de la 32ª Feria del Libro, que cerró el domingo 30 de agosto después de una edición que amplió la cantidad de expositores, actividades y espacios destinados a lectores de distintas edades.
Bajo el lema “Ciudad de libros”, la feria reunió a editoriales, librerías, autores, universidades, proyectos culturales y lectores de Santa Fe y de distintas regiones del país. Según informó el Gobierno provincial, participaron representantes de Buenos Aires, Entre Ríos, Córdoba, Santiago del Estero, Chaco y Uruguay, además de los proyectos santafesinos que constituyen buena parte de la identidad del encuentro.
La cifra de visitantes permite dimensionar el alcance de la convocatoria, pero también abre una pregunta más interesante: ¿qué sucede cuando una feria del libro consigue convertirse durante algunos días en un espacio donde la lectura deja de ser una práctica individual para adquirir una dimensión pública y comunitaria?
La edición 2026 ofreció algunas pistas.
Más libros, pero también más formas de encontrarse con ellos
La Feria del Libro de Santa Fe contó este año con más de 70 stands y alrededor de 90 actividades, un 30% más que en la edición anterior. La reorganización de la Estación Belgrano permitió ampliar las salas y mejorar la circulación entre los distintos espacios.
La programación combinó presentaciones de libros, talleres, conversatorios, exposiciones y actividades para distintos públicos. Además, algunas propuestas se extendieron fuera de la sede central hacia la Casa de la Cultura, la Sala Mercado Editorial y el Museo de Arte Contemporáneo.
Esa diversidad resulta especialmente significativa en un momento en el que la formación de lectores difícilmente pueda pensarse únicamente a partir del encuentro silencioso entre una persona y un libro. Las ferias construyen otras escenas posibles: escuchar a un autor, ver cómo se imprime un afiche, participar de una experiencia científica, recorrer una ciudad desde la literatura o descubrir un sello editorial que hasta entonces resultaba desconocido.
La charla inaugural, a cargo de la poeta y cineasta santafesina Marilyn Contardi, puso precisamente en diálogo experiencia e imaginación como dimensiones de la escritura. La programación también incorporó homenajes, encuentros con autores y propuestas vinculadas con figuras centrales de la literatura argentina y santafesina.
Cuando una feria también se vuelve espacio educativo
Uno de los rasgos interesantes de esta edición fue la amplitud de lenguajes y disciplinas que encontraron lugar alrededor del libro.
La Universidad Nacional del Litoral, una de las instituciones organizadoras junto con el Ministerio de Cultura de Santa Fe y la Municipalidad, desplegó actividades que fueron desde la literatura infantil hasta la divulgación científica.
La Facultad de Ingeniería Química, por ejemplo, propuso experiencias vinculadas con la tabla periódica y talleres destinados a acercar la ciencia a familias y jóvenes. Matemática y deporte se encontraron en la presentación de Futbomática. El fútbol y la matemática, mientras que distintas unidades académicas organizaron conversaciones sobre Borges, filosofía, ciencias naturales y traducción.
La literatura infantil tuvo también un lugar propio con la presentación de Un pez dorado, de Laura Devetach e Istvansch, editado por Ediciones UNL, en el año en que se celebran los 90 años de Devetach. La propuesta estuvo acompañada por una intervención artística que volvió a poner el libro en diálogo con otras formas de expresión.
Son experiencias que permiten observar un aspecto central de las ferias contemporáneas: el libro continúa siendo el centro, pero ya no necesariamente constituye el único lenguaje a través del cual se invita a leer.
La lectura puede comenzar en una conversación, en una experiencia científica, en una imagen, en una caminata o incluso en una pregunta que después conduce hacia un texto.
Una ciudad también puede leerse
La edición 2026 buscó además relacionar literatura y territorio.
Una de las propuestas fue “Circuito Saer: la ciudad narrada”, una caminata literaria que recuperó la obra de Juan José Saer a partir del vínculo entre escritura y espacio urbano. La actividad permitió que la ciudad funcionara, de algún modo, como otra página posible: lugares cotidianos atravesados por las palabras de uno de los escritores fundamentales de la literatura argentina.
Ese tipo de experiencias amplía también la idea de mediación lectora. Acercar un libro no significa únicamente ponerlo al alcance de alguien. Puede significar construir las condiciones para que una persona encuentre una relación entre esa obra y aquello que ya conoce, habita o desea descubrir.
En esa tarea, las ferias cumplen un papel particular porque reúnen actores que habitualmente trabajan en ámbitos diferentes: editoriales comerciales e independientes, universidades, bibliotecas, instituciones públicas, autores, docentes, ilustradores, investigadores y familias.
Veinte años pensando la literatura argentina
Por tercer año consecutivo, la Feria integró también al Argentino de Literatura, organizado por la UNL, que en 2026 alcanzó su vigésima edición.
Durante tres jornadas participaron narradores, poetas, críticos y editores en mesas sobre narrativa, poesía, crítica, edición y otras dimensiones del trabajo literario. La propuesta se desarrolla desde hace dos décadas como un espacio de intercambio sobre la producción y las discusiones que atraviesan a la literatura argentina contemporánea.
Su incorporación dentro de la Feria produce una convivencia interesante: el paseo familiar, la compra de libros y las actividades infantiles comparten espacio con conversaciones especializadas sobre escritura, edición y crítica.
Lejos de competir entre sí, esas escenas muestran la cantidad de puertas de entrada que puede ofrecer un mismo acontecimiento cultural.
Libros que circulan, lectores que se construyen
Las más de 60 mil personas que recorrieron esta edición constituyen un dato importante para el sector editorial y para las instituciones que sostienen la Feria. Pero probablemente su relevancia cultural no pueda medirse solamente en cantidad de visitantes o libros vendidos.
Las ferias son también lugares donde se producen encuentros imprevistos con la lectura.
Un niño que participa de una actividad y se lleva un libro. Una familia que conoce a un autor. Un estudiante que descubre una editorial universitaria. Un lector que escucha una conversación y encuentra allí su próxima lectura. Un escritor local que comparte espacio con autores llegados de otras provincias.
La propia UNL sintetizó su participación bajo el lema “Creando lectores”, vinculando la lectura con el ejercicio de la ciudadanía.
Quizás allí esté una de las dimensiones más interesantes que dejó esta 32ª edición.
Una feria no forma lectores por sí sola. Tampoco reemplaza el trabajo cotidiano que realizan escuelas, bibliotecas, familias, docentes y mediadores. Pero puede producir algo indispensable para que ese proceso ocurra: multiplicar las oportunidades de encuentro con los libros y mostrar que alrededor de la lectura también puede construirse comunidad.
Durante cinco jornadas, Santa Fe se propuso ser una “Ciudad de libros”. Más de 60 mil personas decidieron recorrerla.























