Por Gabriela Guerra, Profesora para la educación primaria.
Habitar la escuela implica convivir con problemáticas cambiantes, que presentan desafíos para que las instituciones educativas construyan camino viable para alojar a nuestras infancias y adolescencias. Sin dudas, aparece un grito desesperado que encuentra en la escuela un espacio privilegiado para manifestarse. Como adultos responsables y comprometidos, debemos tomarlo, ya que somos constructores de climas institucionales y garantes de derechos. Claro está que la escuela sola no puede, pero, sí debe hacerlo con la convicción de que tiene la capacidad de generar respuestas diferentes.
En este contexto, reparo en la emocionalidad de nuestros estudiantes y encuentro en la educación emocional una posibilidad para favorecer el desarrollo de habilidades que mejoren la calidad de vida y el bienestar personal y social, minimizando la vulnerabilidad que podemos leer en las amenazas. Un aula emocionalmente segura produce más aprendizajes que cualquier metodología.
Ahora bien, la tarea docente se enmarca en lineamientos curriculares que encuadran las prácticas educativas. Por ello, planteo la necesidad de incorporar explícitamente la educación emocional en el Diseño Curricular, de modo que su abordaje no quede librado únicamente a las voluntades individuales o a las iniciativas personales de algunos docentes. Se trata de asumirla como una dimensión constitutiva de la formación profesional y de la práctica pedagógica cotidiana. De este modo, garantizar aulas emocionalmente seguras que promuevan más y mejores aprendizajes, fortaleciendo el derecho a una educación justa y de calidad.
La escuela cuenta hoy con un amplio y vasto Diseño Curricular que despliega contenidos vinculados con las diferentes áreas del conocimiento —Lengua, Matemática, Ciencias, entre otras. Así mismo se enuncian allí diferentes estrategias para el desarrollo de habilidades afines a las materias como también al desarrollo de capacidades relativas a la formación del sujeto para la convivencia. Además, a partir de la implementación de la Educación Sexual Integral (ESI), se han incorporado contenidos y habilidades orientados a la formación integral de niños, niñas y adolescentes.
Sin embargo, frente a un contexto enmarcado en un clima social desafiante caracterizado por el individualismo imperante, una fuerte crisis de valores, un constante ritmo de cambios acelerados, modelos que irrumpen por la vía de la seducción cabe preguntarnos: ¿Será suficiente con lo planteado en los Diseños Curriculares? ¿Debemos dejarlo librado a las voluntades individuales de los docentes que toman postura y deciden “ir más allá” de la propuesta curricular?
No. Es momento de revisar y comprometernos, más fuerte que nunca, sobre las estrategias posibles para educar para el bienestar donde haya lugar para todos, es decir, donde todos seamos alojados para forjar una sociedad más justa y amable.
Los educadores nos preguntamos cuál es el conocimiento valioso que la escuela ha de brindar. Si bien las respuestas no son unívocas y existen diversas perspectivas e intereses, hay un amplio consenso respecto de que la escuela no solo debe enseñar conocimientos disciplinares, sino también enseñar a pensar y a convivir. Y en este punto resulta imprescindible aunar esfuerzos para construir acuerdos colectivos que permitan consolidar un marco curricular, con perspectiva de derechos, que incorpore la educación emocional.
Es cierto que no es una propuesta innovadora, basta con recorrer propuestas editoriales para encontrar allí un abordaje sobre la educación emocional o saber que hay provincias (tan solo seis) que han establecido leyes al respecto como también recorrer las aulas que dan cuenta de ello. Sin embargo, lo que aquí propongo es darle un lugar de relevancia de cara a la necesidad imperiosa que expresan hoy nuestras infancia y adolescencias.
Ello implica, asumir el rol docente para propiciar prácticas pedagógicas fuertes, capaces de instalar una cultura contra hegemónica, sabernos capaces de contribuir a gestionar lo diferente, no en soledad sino aunando esfuerzos, colegiando y enmarcados por un Diseño Curricular que oriente y legitimice la tarea.
En este sentido propongo la revisión del Diseño Curricular como fuente y marco colectivo para dar respuesta, entendiendo al mismo como praxis, es un desarrollo del modelo de proceso, acentuando el papel comprometido del docente en la emancipación humana y orientado a confrontar a los alumnos con problemas reales de su existencia y sus relaciones con otras personas a través de una reflexión continua sobre la interacción entre acción y pensamiento, en palabras de Camilloni (2006).
La incorporación de la educación emocional debería desarrollarse de manera transversal en todas las áreas del conocimiento y, al mismo tiempo, contar con espacios específicos para su enseñanza.
El objetivo está centrado en que los estudiantes aprendan a gestionar las emociones y reconozcan las emociones de los demás lo cual al conjugarse brindan habilidades sociales, tal como plantea Malaisi (2026).
Las dimensiones para abordarla deberían contemplarse a partir de los siguientes ejes:
- Autonomía emocional: Conocimiento propio de la emociones y autorregulación emocional
- Competencias sociales: Trabajo colaborativo y empatía
- Habilidades para la vida: Comunicación asertiva, solución de problemas y conflictos y toma de decisiones.
Para que esta propuesta resulte efectiva, es indispensable que se institucionalice mediante políticas públicas que contemplen formación docente continua, acompañamiento institucional y un marco legislativo que garantice su implementación obligatoria en todas las escuelas.
El fuerte impacto producido por las recientes amenazas en diversas instituciones educativas, tanto a nivel local como nacional, nos ha interpelado profundamente y nos ha obligado a ofrecer respuestas integrales orientadas a garantizar “escuelas seguras”. No obstante, la seguridad no puede reducirse únicamente a protocolos de actuación. Es una cuestión que nos interpela a todos como sociedad, son nuestros niños y adolescentes quienes se están expresando, lo hacen en la escuela, pero nos hablan a toda la sociedad con una necesidad de revisarnos, repensar y resignificar el clima social que impera.
Asimismo, es importante reconocer que la educación emocional no constituye una responsabilidad exclusiva de la escuela. Una vez más, es la escuela en su dimensión socializadora quien debe asumirla para brindar la posibilidad de concretar esferas sociales amables donde el derecho a la ternura no sea un lema sino acciones concretas tendientes a formar mejores ciudadanos capaces de desplegar habilidades donde todos y cada uno sea fuente de mejores convivencias. La educación emocional podrá ser parte de lo enseñando en la escuela, pero también ha de ser en corresponsabilidad con las familias, es decir, la escuela en comunidad.
Sin dudas el desafío es grande a la vez que menester, solo asumiéndolo desde la responsabilidad compartida será posible avanzar hacia una sociedad más justa, respetuosa, solidaria y humana.
Hemos sido convocados por ellos. Y aquí estamos, sosteniendo una escuela que sigue siendo un lugar seguro, ya que permite que las emociones circulen, se expresen y sean alojadas. Incorporar la educación emocional al Diseño Curricular significa otorgarle la misma jerarquía que a los demás contenidos escolares y reconocerla como una dimensión esencial de la tarea educativa cotidiana.
Referencias:
- Camilloni, A. (2006). Notas para una historia de la lotería del currículo. Ficha de cátedra de Didáctica I, Facultad de Filosofía y Letras – UBA
- ENTREVISTA AL LIC. LUCAS JJ MALAISI SOBRE LA LEY DE EDUCACIÓN EMOCIONAL. Youtube



































