El desafío que impone el COVID-19: humanizar el aprendizaje a distancia

Lucia Burtnik Urueta, Directora Académica de Fundación Eidos. señala que humanizar implica ubicar nuevamente al aprendiz y al maestro en el centro del proceso de aprendizaje. 

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Por Lucia Burtnik Urueta, Directora Académica de Fundación Eidos.

Estábamos empezando un año a toda velocidad, lleno de objetivos y con toda la energía que marzo suele traer… y de un día para el otro se nos presenta el caos. Escuelas y oficinas cerradas y todas las familias en casa. La brecha generacional sentada en la mesa del comedor, esperando su turno para poder interactuar con el mundo exterior a través de los únicos dispositivos con acceso a internet del hogar, y eso en el mejor de los escenarios.

La pandemia nos agarró a todos desprevenidos y puso a los docentes entre la espada y la pared, ya que debieron improvisar sobre la marcha para garantizar la educación de sus alumnos. Y en ese marco apareció un terremoto de soluciones. Miles de millones de bytes de información sobre herramientas que se lanzan a las apuradas para que la gente se conecte y siga aprendiendo. Pero en la vorágine hasta un mar de buenas intenciones puede causar un tsunami. Porque nos olvidamos del contexto, porque parece que, de repente, el estar haciendo cosas a través de una computadora hace que pasemos de alto que, del otro lado, hay seres humanos y no máquinas.

El peligro del maremoto de soluciones es que caen en la realidad cotidiana de seres humanos que no estaban acostumbrados a aprender con otros de forma remota. Y este pasaje no puede ser automático y mucho menos estandarizado.

Las soluciones rápidas traen el riesgo de ignorar las particularidades complejas de la realidad cotidiana detrás de los seres humanos: padres y madres que tienen que lidiar con el equilibrio de seguir trabajando más de 9 horas de forma remota y acompañar al mismo tiempo la educación de sus hijos que se encuentran comenzando el año escolar. Un desafío que hasta el momento no habíamos tenido que enfrentar y que en algunos casos implica, por ejemplo, la difícil tarea de enseñar a nuestros propios hijos a escribir.

También están las familias que se escapan del estándar y que tienen que lidiar con mayores obstáculos: madres solteras, familias sin acceso a una computadora personal o internet estable, aquellas que sólo tienen datos para acceder a internet y las que deben afrontar el hecho de que su única fuente de ingreso se cortó.

Y, del otro lado, está el sentimiento de impotencia de los docentes, que están presionados y desesperados por dar una respuesta rápida y que, en muchos casos, también debieron aprender en muy poco tiempo a utilizar herramientas digitales para poder estar en contacto con sus alumnos o para crear actividades diarias para no perder el ritmo.

En este contexto ¿qué significa humanizar el aprendizaje remoto? La educación y el aprendizaje tienen un valor social que trasciende las paredes de la escuela. Es también una organización del tiempo, un aprovechamiento de lo que puede explorar cada generación, algo a lo que estábamos acostumbrados.

La realidad es que el aprendizaje remoto, sobre todo el online, es una modalidad a la que nos vamos a tener que acostumbrar, eso es seguro. Pero eso no significa que debamos resignar humanidad por la distancia. El desafío está en recordar las necesidades humanas básicas y para eso debemos adecuar las herramientas a las personas y no al revés.

Humanizar implica ubicar nuevamente al aprendiz y al maestro en el centro del proceso de aprendizaje. Repensar las clases, por ejemplo, en vez de hacerlas masivas donde todos hablan a la vez o el maestro es el único que habla y no hay interacción alguna, trabajar con grupos más chicos para que todos se puedan ver la cara y pueda generarse empatía y confianza entre las partes, permitiendo la aprehensión del conocimiento.

Humanizar es crear una experiencia de aprendizaje, organizando y adecuando la información para que el conocimiento se vuelva significativo. También implica saber quién está del otro lado y poder involucrar su vida real en la situación del aula. Y para eso es necesario trasladar al espacio virtual la enseñanza situada: por ejemplo, proponerle al alumno que elija un objeto que tenga cerca y que trabaje con él, de esa manera se empieza a conectar y acercar realidades que están disponibles para todos.

Sin dudas, el aprendizaje remoto que impulsó el COVID-19 marcará un antes y después en la educación, tanto para los docentes como para los alumnos, que hoy deben afrontar el desafío de reconectarse virtualmente.

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