Entre el amor y su imposibilidad. Un Chéjov actual

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“El amor es un bien” es de esas obras que llegan al corazón. Íntima y sencilla, deja en el aire una pregunta universal: ¿qué es el amor? A partir de “Tío Vania”, de Chéjov, Francisco Lumerman nos emociona con esta pieza y su dramaturgia logra trasladar aquella atmósfera rusa de tedio y desilusiones a un ámbito mucho más cercano.

En Carmen de Patagones, Sonia y su tío Iván viven en un antiguo caserón devenido en hostel. Comparten sus días con Pablo, un huésped eterno. Su tranquilidad se verá interrumpida cuando Alejandro, el padre de Sonia y su nueva mujer, Elena, lleguen a pasar unos días y le anuncien un plan que cambiará sus vidas.

Un padre con una personalidad pedante que cree saber más que el resto de los mortales. Una hija que desea ser cantante en un pueblo donde no hay oportunidades. Un tío que siempre ocupó un papel relegado en una familia donde el poder lo detentaba otro. Un médico que no puede procesar la muerte de un paciente y se refugia en luchas que nadie escucha. Una mujer que no sabe bien qué hace al lado de un hombre al que supo amar. Y entre ellos, el amor. O la imposibilidad del mismo. Seres imposibilitados de amar, que se ven pero no se miran, que no pueden expresar lo que sienten, que hablan pero no se escuchan.

José Escobar compone un personaje entrañable, vulnerable y necesitado de amor mientras Rosario Varela es esa chica bohemia, dulce y simple que mantiene un vínculo muy lindo y profundo con su tío. Jorge Fenández Román y Manuela Amorosa construyen un matrimonio cansado, donde la fuerte personalidad de él opaca el lugar de ella. Por su parte, Diego Faturos logra un personaje que navega en la imposibilidad de relacionarse con los demás.

El vestuario está muy bien logrado para cada personaje y logra diferenciarlos. Mientras, la escenografía minimalista contribuye a colocar el foco en la actuación y en la interioridad de los vínculos. La minuciosa dirección se nota fundamentalmente en la construcción de ese pequeño mundo que comparten Sonia e Iván, donde el tedio cotidiano se pasa con momentos de música, canto y marihuana. Ambos son felices así, en ese pequeño mundo que supieron construir, preparando mermeladas artesanales y administrando un hostel al que nadie visita.

La decadencia y la fragilidad de los vínculos familiares se ve y se siente en cada momento así como también la gran soledad que atraviesa a los personajes. Esa misma soledad que los lleva a intentar acercamientos que quedarán truncos. La contraposición entre pueblo y ciudad y las diferencias generacionales también estarán presentes en un texto de una gran belleza, plagado de imágenes y de sensibilidad. ¿Es el amor un bien? ¿Algo que circula entre las personas de manera palpable? ¿Cuál es su costo? En todo caso, acá parece un bien escaso.

El teatro de Chéjov es un teatro de situación, de atmósfera, donde los personajes se encuentran en situaciones cotidianas y comparten sus problemas, temores, sueños y donde se tejen y se entretejen las relaciones entre ellos. Sentimientos entrelazados, silencios varios, añoranza de un pasado, temor al futuro, sopor, desilusiones, fracasos y anhelos. Todo esto está latente en la obra de Chéjov, por detrás de situaciones aparentemente sencillas. Y la dramaturgia de Francisco Lumerman logra reconstruir todo eso con una voz propia.

Ficha técnica

Dramaturgia y dirección: Francisco Lumerman

Actúan: Manuela AmosaJose EscobarDiego FaturosJorge Fernández RománRosario Varela

Diseño de escenografía: Gonzalo Cordoba Estevez

Diseño de luces: Ricardo Sica

Producción ejecutiva: Zoilo Garcés

 

 

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