En medio de una ciudad furiosa, a la vuelta de cualquier esquina, a pocos metros de caminantes apurados, a un paso del ruido y de los bocinazos, existen lugares tranquilos y silenciosos donde se puede disfrutar de una tarde de lectura. Allí están, delante de los peatones que no las ven, con sus puertas abiertas para recibirlos y muchas historias en cada estante. Son las bibliotecas populares, a las que se le suma la red de bibliotecas públicas de la Ciudad de Buenos Aires. Pero son mucho más: espacios de debate, ámbitos de pertenencia y lugares de socialización. En la ciudad de Buenos Aires, actualmente hay 56 bibliotecas populares y 30 bibliotecas públicas. Los porteños, tanto jóvenes como mayores, las eligen no sólo para buscar un libro que necesitan sino también para participar de diversas actividades. En un contexto caracterizado por la digitalización del libro, estas bibliotecas mantienen su vigencia y sus responsables disfrutan de un trabajo que les brinda felicidad.

Las bibliotecas populares pertenecen a asociaciones civiles, generalmente surgen por la iniciativa de los vecinos de un barrio y están sostenidas por los socios. Cuentan con el apoyo de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP), organismo que depende del Ministerio de Cultura de la Nación, cuya misión es fomentar el crecimiento de las casi 2.000 bibliotecas populares que funcionan en todo el país. Este organismo lleva a cabo diferentes acciones, como capacitaciones, subsidios, asistencia técnica e inclusión digital, entre otras. En cambio, las bibliotecas públicas dependen de la Dirección General del Libro y Promoción de la Lectura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Su misión es fomentar la lectura y garantizar el acceso igualitario a la información.

La Biblioteca Popular Federico Lacroze se fundó en el año 1981 y es la única que posee un museo en miniatura sobre el ferrocarril. Pertenece a la Asociación Amigos del Tranvía y se encuentra ubicada en el barrio de Caballito. Posee libros de diversos géneros y también revistas, folletos, planos y mapas referentes al tranvía. Además, dictan talleres: de estimulación de la memoria, de lectura de tangos y de fotografía.

Gabriel Fabio Mattalia bibliotecario de La Biblioteca Popular Federico Lacroze, Thompson 502, Caballito,y de la Biblioteca Popular Alberdi, Acevedo 666. Foto: Laura Pasotti.

Gabriel Mattalia, uno de los bibliotecarios, trabaja hace diez años y cuenta cómo es un día en la biblioteca: “arrancamos a las 9 de la mañana, preparamos las salas, luego leo el correo electrónico para ver las novedades y preparo los papeles administrativos, después me dedico a las tareas bibliotecarias, atención al público o catalogación del material que llegue”. La adquisición de los libros se realiza a través de “la compra que se hace una vez al año en la feria del libro y de una donación grande de la CONABIP, también hay donaciones de vecinos”, explica Gabriel.

Fundada en el año 1910, la Biblioteca Popular Alberdi es la más antigua de la ciudad, con 105 años de labor ininterrumpida en el barrio de Villa Crespo. Entre sus bibliotecarios se encontró Leopoldo Marechal, quien trabajó allí entre los años 1919 y 1923. Actualmente su presidente es Eduardo Bolan, quien además es profesor de historia. Comenzó a concurrir habitualmente hace 25 años, se hizo socio y luego fue ocupando diferentes posiciones con más responsabilidad. “El grupo humano me respondió siempre bien, los que están en estas instituciones es gente que le gusta charlar. Acá uno elige estar”, enfatiza.

Eduardo Bolan, presidente Biblioteca Popular Alberdi, Acevedo 666, CABA. Foto: Laura Pasotti.

Eduardo cuenta una anécdota que aún hoy lo emociona. En una Buenos Aires de la década del veinte, un niño que vivía en Villa Crespo repartía entradas de cine para luego poder ingresar a ver las películas que le gustaban, hasta que un día, su madre le recomendó que vaya a una biblioteca con el objetivo de que no pasara tanto tiempo en la calle. Ese niño fue a la biblioteca Alberdi y el bibliotecario de entonces le recomendó algunos libros. Los años pasaron y ese niño se convirtió en un famoso autor, compositor y productor musical y artístico. Mientras tanto, aquel bibliotecario escribiría algunos de los libros más conocidos de nuestra literatura. Finalmente, después de mucho tiempo, un día se volvieron a encontrar y, conversando, se dieron cuenta que eran el chico y el bibliotecario. Así, comenzaron una amistad que duraría por años. Eran Leopoldo Marechal y Ben Molar.

En el corazón de Chacarita, en el barrio municipal Parque Los Andes, se encuentra la Biblioteca Pública Baldomero Fernández Moreno, fundada en 1956. Norberto Nogueira es el encargado hace ocho años. Además de la consulta y del préstamo de libros, hay talleres de computación y un club de lectura. “Vienen personas de treinta para arriba y gente grande de 60 y 70” años. Pero también, “hay gente que viene a pasar el día, en invierno vienen a estar cobijados”, cuenta Norberto. En este caso, la biblioteca también se convierte en un espacio de refugio para los que viven en la calle.

Norberto Nogueira, encargado de la Biblioteca Pública Baldomero Fernández Moreno. Foto: Laura Pasotti.
Norberto Nogueira, encargado de la Biblioteca Pública Baldomero Fernández Moreno. Foto: Laura Pasotti.

Actualmente, muchas personas eligen consultar los libros por Internet y otros optan por la comodidad de los e-book. Pero esta tendencia no ha provocado un descenso en la cantidad de personas que visitan las bibliotecas. “Disminuyó un poco la consulta del libro en papel pero no la utilización del lugar para leer”, explica Gabriel. Por su parte, Eduardo cuenta que “había bajado la cantidad de gente hace cinco años atrás pero ahora se está levantando. Hay gente que ha dejado el e-book y han vuelto al libro tradicional”. Al parecer, el libro en papel posee una magia diferente, el contacto con su materialidad provoca otro tipo de relación.

Según Gabriel “el libro papel tiene un contacto más directo, podés tocarlo, sentirlo, en cambio, el digital es más frío”. Para Norberto “el libro tiene algo que ni la computadora ni el celular tiene”. Eduardo piensa lo mismo “todavía sigue ese enamoramiento de dar vuelta la hoja y poder tocar las tapas, las ilustraciones. Hoy hay un auge inclusive de publicaciones y de lanzamiento de colecciones”.

Las bibliotecas también se vinculan con las escuelas del barrio. Las Bibliotecas Baldomero Fernández Moreno y Alberdi reciben muchas visitas: a la primera, uno de los colegios de la zona les donó libros infantiles y un collage hecho por los alumnos. “A los chicos les encanta leer, vienen acá y quieren agarrar un libro, que las maestras les lean, interactúan con nosotros”, cuenta Norberto. Por su parte, Eduardo dice que reciben muchos chicos de 3 a 5 años. Pero que actualmente “los que están viniendo son los chicos del secundario, vienen en grupo y se tienen que sacar fotos de que estuvieron acá, con un libro en la mano. Es para saber lo que es una biblioteca de papel”.

Un trabajo para disfrutar

En este tipo de bibliotecas, la relación con los vecinos del barrio es muy cercana e importante. Mientras algunos concurren para disponer de la tranquilidad necesaria para leer o estudiar, otros acuden todas las semanas para llevarse libros en préstamo. Todos los entrevistados rescatan el buen trato que mantienen con ellos. “Recibimos jóvenes que vienen de la facultad a investigar sobre transporte y vecinos que piden prestado libros”, en general “son más mujeres que hombres y son mayores”, cuenta Gabriel. Y destaca lo que más le gusta de su trabajo “es una profesión de amistad y de servicio, que te permite estar en contacto con todo lo que realizó el hombre”. Norberto también disfruta el contacto con las personas: el trato “con la gente que viene es excelente, es lo que más me gusta, tenés una relación muy allegada, es un ida y vuelta, nunca hay una discusión, hay gente que viene todos los días desde hace años”. Como ejemplo, cuenta que el anterior encargado se jubiló pero “después de jubilado seguía viniendo acá y tomaba café y hablaba con la gente”. Por su parte, Eduardo cuenta que “los socios son los que mantienen la biblioteca, generalmente son señoras grandes y leen todos los libros, se llevan un montón y a la semana lo traen leído. Les gusta mucho las novelas románticas, es un grupo de personas mayores que ya leyeron a Thomas Mann y ahora quieren entretenerse, atraen mucho los autores extranjeros”.

Además de la relación con las personas, ¿Qué es lo que más disfrutan de su trabajo? A Gabriel la tarea que más le gusta es la “catalogación, dividir los libros según título y autor y hacer la ficha técnica”. Por su parte, Norberto rescata la felicidad que le genera: “me gusta más el trabajo acá por tranquilidad, por pertenencia, por relación con la gente, esto es para jubilarse”, enfatiza y su mirada se pierde en un punto lejano. Por último, a Eduardo lo que más le gusta es acomodar libros y cambiarlos de lugar de vez en cuando “porque así las personas pueden encontrar otras cosas, quizás descubren un autor buscando a otro, si no se transformaría en un museo”. Efectivamente, lejos de ser lugares estáticos o solitarios, las bibliotecas públicas y populares de la Ciudad de Buenos Aires son lugares de socialización, donde las personas se encuentran con otras y con las innumerables historias que encierra cada libro.

Fotos: Laura Pasotti.

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