Descriptas en sus aspectos básicos las dimensiones que conforman el esquema de análisis de la escuela posible, interesa precisar la existencia de una dimensión que, en función de su alcance, parece apropiado designar como gestión del horizonte institucional. Una gestión que hace que las cosas sucedan (Blejmar, 2005, p. 23), que adopta nuevas características –dinamismo, apertura al contexto; capacidad de convocatoria, de innovación; invención y creatividad, espíritu crítico y reflexivo- y que asume los procesos y resultados en términos de desarrollos continuos interconectados, que no pueden lograrse de una vez y para siempre porque están permanentemente siendo, desplegándose.
“… pensar en una escuela desde quien la hace, docentes, estudiantes, familia y otros actores que la sostienen. Una escuela desde los albores de los tiempos nuevos, tiempos nuevos de trabajar, de estudiar y también de disfrutar en un espacio posible para todos y todas.” (Directivo provincia de Entre Ríos, Argentina)[1]
Desde esta perspectiva, ya no es posible liderar procesos transformadores sin equipos institucionalizados. No basta un líder –el directivo- sino que hace falta que las y los docentes compartan el liderazgo pedagógico. De ahí que la gestión del horizonte institucional constituya un factor que entrama, aglutina, promueve y otorga sentido porque, en palabras de Nicastro (2015):
- conjuga discurso y acción, garantizando la responsabilidad política, la igualdad como principio de base, el derecho a la educación, la democratización de las prácticas, la pluralidad de las voces, etc.;
- combina lo universal en clave situacional, lo plural y colectivo con el caso particular; la prescripción con una realidad en permanente movimiento y cambio;
- historiza la institución educativa, entramando su pasado, su presente y su futuro;
- interconecta múltiples contextos: aula, institución, supervisión, comunidad, sistema, jurisdicción, Nación, etc.;
- interrelaciona la gestión, la resolución de problemas, la toma de decisiones, el nexo entre sectores y actores.
Este modelo de gestión sociopedagógica en los nuevos escenarios requiere capacidad de generar y sostener propuestas cooperativas, flexibles, con potencial de evolución permanente. Para ello, es imprescindible analizar con perspectiva integradora las prácticas escolares desde una praxis reflexiva y situada.
[1] Los testimonios corresponden al documento La escuela secundaria en las voces de docentes, directores y supervisores (Ferreyra, Bonetti y Barrionuevo Vidal, 2015).




























