La vida detenida en una promesa y el dolor de las palabras

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“Las promesas no son como el vino, no maduran, se ponen viejas con el tiempo. Las promesas cuanto más se añejan, más duelen. Y pasado un tiempo se hacen maldición.” Una mujer cuyo padre se fue hace tiempo todavía espera su regreso. Con lágrimas vencidas por el tiempo aún sueña con verlo entrar de nuevo por la puerta de la casa. Pero los años pasan y esa ausencia duele cada vez más, como duelen las palabras.

“Las promesas” narra una historia sencilla y universal a la vez: la vida detenida en una espera. Una mujer que vive y sueña con ese momento en que su padre volverá. Los días transcurren con la opacidad de lo que nada cambia y ella todavía huele ese olor a recién dejada. Entre la necesidad de mantener las pertenencias de su padre tal como estaban y una madre reducida a un cúmulo de lágrimas, se refugiará en su propia fantasía.

Paula Fernández Mbarak es quien le pone el cuerpo y el alma a esa mujer vencida por la ausencia. Con una actuación que no da respiro, interpela a cada uno de los espectadores con su mirada, su entrega y presencia absoluta. Un trabajo actoral que se apoya principalmente en los recursos vocales y en una mirada y un cuerpo absolutamente habitados por un estado de dolor que se ve en cada gesto, en cada respiración, en cada movimiento. Construye una mujer niña a la que sólo la fantasía y los sueños la salvan de tanta soledad. Ese padre ausente está reconstruido en el cuerpo de la actriz principalmente a través del susurro. Aquella voz del padre yéndose, como un eco que la sigue y que le permite aferrarse a la esperanza del regreso.

Por su parte, la pequeña dimensión del espacio contribuye a crear un clima íntimo y absolutamente poético. Es interesante la despojada escenografía donde los únicos objetos presentes son cajones de madera que la propia actriz va acomodando, llevando y trayendo. Metáfora quizá de los recuerdos que pueden guardar mientras el agua inunda de tristeza esa casa llena de ausencia. Las imágenes que se construyen entre el espacio, las luces y sombras y el cuerpo de la actriz son de una poesía que se queda grabada en las retinas de los espectadores, principalmente la de la escena final, con esa silueta al contraluz.

El texto de Juan Andrés Romanazzi es absolutamente bello y plagado de imágenes que se quedan grabadas en la memoria. Y su propia dirección se vislumbra en la precisión de los gestos y de movimientos, en la utilización de las luces por la propia actriz y en el ritmo vertiginoso de la obra. En sólo 45 minutos atraviesa al espectador con una fuerza y emoción arrolladoras.

¿Qué implica una promesa? ¿Qué sucede con esas palabras dichas en el umbral y que se quedan grabadas a fuego? ¿Cuánto dolor puede haber en una promesa incumplida? ¿Hasta cuándo esperar? Porque, más allá del relato, lo importante está en lo pequeño, en lo cotidiano, en un aliento, en un roce, en un gesto, en el contacto, en un abrazo. Las palabras de las promesas no se las lleva el viento, se vuelven cuerpo, se hacen carne, y duelen. Mucho.

Los sábados a las 20.30 en Espacio Polonia, Fitz Roy 1475.

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