Con dirección de Corina Fiorillo y texto de Sergio Blanco, se estrenó el pasado viernes en Timbre 4 “La ira de Narciso”, unipersonal a cargo de Gerardo Otero. El lugar del artista, el papel del dramaturgo y el vínculo entre obra y mirada serán los temas principales sobre los que girará una dramaturgia que plantea al arte como una forma de resistencia.

El propio Blanco se convierte en el protagonista de esta pieza que sigue la línea de autoficción que caracteriza al trabajo de sus últimos años. La obra narra un viaje que el dramaturgo hace a la ciudad de Liubliana para dar una conferencia sobre el mito de Narciso. Pero el relato aparentemente trivial comenzará a dar un vuelco cuando, una madrugada, el protagonista descubra manchas de sangre seca en la habitación del hotel. A partir de allí se desencadenarán los hechos entre la intriga, el policial y el relato mítico, y nada será lo que parece. Paulatinamente la oscuridad teñirá la trama y mantendrá la atención de espectador hasta el final.

Se trata de una obra que habla de sí misma, en particular, y del teatro, en general. La dirección de Corina Fiorillo explicita el dispositivo teatral, lejos de ocultar la manipulación de los elementos que configuran la puesta, es el propio actor el que maneja las luces, los objetos y la música en escena. Un recurso interesante cuyo riesgo está precisamente en su reiteración constante. Como una marca personal, ya que lo mismo sucedió en Tebas Land, coloca en primer plano el proceso de construcción de la obra y subraya el contrato ficcional entre actor y público.

Merece un párrafo aparte el trabajo actoral de Gerardo Otero quien, después de haber interpretado maravillosamente al protagonista de Tebas Land, se embarca ahora en un personaje absolutamente distinto, donde se le suma la dificultad de manipular las luces, las proyecciones y el sonido, tareas que tal vez puedan desplazar la atención del espectador. Otero logra crear climas íntimos y emotivos intercalados dentro de momentos de seguridad y desenfreno. Sabe cómo manejar los tiempos con cadencia y con ritmo y encarna un texto largo con soltura, emoción y sólidos recursos gestuales.

La dramaturgia de Sergio Blanco posee giros interesantes y, una vez más, retoma el relato mitológico, esta vez con la figura de Narciso. Es un texto que habla del rol del dramaturgo y del lugar del artista y que parece volver sobre sí mismo pero que en cada giro agrega algo nuevo. Un texto que se desenvuelve capa tras capa, tras las cuales el espectador irá descubriendo que cada hecho de la trama remite a algo mayor.

La obra funciona metadiscursivamente. La conferencia que brinda el dramaturgo plantea la idea de la mirada de Narciso como metáfora de la mirada del artista. Narciso mira y se deja mirar y, en un paralelismo, es lo mismo que hace un artista. La obra que produzca será hecha para ser mirada. Como también lo es una obra de teatro, se piensa y se concibe para el ojo del espectador. Sin su presencia y su mirada, la pieza teatral no tendrá razón de ser. Existe en tanto haya un ojo que la observe. Finalmente, será lo que quede luego de la muerte del artista y, en ese sentido, resistirá al tiempo. “La Ira de Narciso” trascenderá a la muerte de su propio dramaturgo devenido en personaje principal. En definitiva, la “Ira de Narciso” constituye una reflexión sobre el teatro mismo.

Ficha técnica

Dramaturgia: Sergio Blanco

Actúan: Gerardo Otero

Iluminación: Ricardo Sica

Diseño de escenografía: Gonzalo Cordoba Estevez

Video: Francisco Castro Pizzo

Fotografía: Sebastián Arpesella

Diseño gráfico: El Fantasma De Heredia

Entrenamiento corporal: Viviana Iasparra

Asistencia de dirección: María García De Oteyza

Prensa: Marisol Cambre

Producción: Maxime Seugé, Jonathan Zak

Dirección: Corina Fiorillo

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