La discusión sobre adolescentes y celulares suele concentrarse en el tiempo de uso, la distracción en clase o el acceso a redes sociales. Sin embargo, el problema también puede estar en la función emocional que el dispositivo empieza a cumplir en la vida cotidiana de algunos jóvenes.
Durante la adolescencia temprana, entre los 12 y los 15 años, se consolidan modelos de apego, formas de validación social y recursos para afrontar la incomodidad emocional. En esa etapa, el celular puede convertirse en una especie de refugio frente al temor al rechazo, la ansiedad social o la incertidumbre que generan las interacciones cara a cara.
La nomofobia —entendida como una dependencia problemática del dispositivo móvil— y la ansiedad social pueden retroalimentarse. Cuanto mayor es el malestar ante los vínculos presenciales, más se recurre al teléfono como vía de escape. Y cuanto más se evita la interacción directa, menos oportunidades tiene el adolescente de construir herramientas para atravesar esas situaciones.
Gabriel Genise, doctor en Psicología, especialista en Terapia Conductual Contextual y director de la Carrera de Especialización en Psicoterapia Infantojuvenil de UFLO Universidad, advierte que esta problemática requiere un abordaje integral. “Los profesionales que trabajan con adolescentes deben estar preparados para comprender tanto los mecanismos psicológicos subyacentes como las dinámicas actuales que moldean el comportamiento de los jóvenes”, señala.
Cuando la pantalla funciona como anestesia
Desde el enfoque de la Terapia Cognitivo-Conductual, el abordaje de estos cuadros implica trabajar sobre distintos planos. Por un lado, identificar creencias de insuficiencia o pensamientos catastróficos asociados a estar desconectado. Por otro, acompañar al adolescente para que pueda afrontar situaciones sociales presenciales sin depender del teléfono como “muleta” emocional.
Cuando la pantalla se usa para evitar el aburrimiento, el silencio, la espera o la incomodidad, el trabajo terapéutico apunta a desarrollar tolerancia al malestar. La idea no es negar la angustia, sino aprender a registrarla, sostenerla y comprobar que puede disminuir sin necesidad de recurrir inmediatamente al dispositivo.
Ese punto resulta especialmente importante en una cultura digital que ofrece estímulos permanentes. Si cada incomodidad se resuelve con una pantalla, se reducen las oportunidades de practicar recursos internos de regulación emocional.
Sueño, autoestima y necesidad de validación
Uno de los patrones más sensibles aparece durante la noche. El uso nocturno del celular, asociado a la necesidad de respuesta inmediata, puede afectar la calidad del sueño y la atención escolar. Según Genise, “la necesidad de validación nocturna suele estar impulsada por el FOMO (Fear of Missing Out), el miedo a perderse algo importante”.
En estos casos, el abordaje combina pautas conductuales y cognitivas. Entre las primeras, se incluyen medidas de higiene del sueño, como retirar los dispositivos de la habitación para reducir la tentación de revisar mensajes o redes sociales durante la noche. En el plano cognitivo, se trabaja sobre creencias vinculadas con la disponibilidad permanente, como la idea de que no responder de inmediato puede provocar aislamiento o rechazo.
La incorporación de técnicas de relajación, respiración y autorregulación busca ofrecer alternativas para que el adolescente pueda calmarse sin depender exclusivamente del entorno digital.
Familias y escuelas: una tarea compartida
El acompañamiento adulto es clave. En el ámbito familiar, el desafío no pasa solo por controlar horarios o prohibir pantallas, sino por comprender qué necesidad emocional está cubriendo el dispositivo. Genise plantea que madres y padres deben dejar de actuar únicamente como “policías del celular” para convertirse en “co-reguladores emocionales”.
Esto supone validar la ansiedad o el malestar antes de intentar modificar una conducta. También implica construir acuerdos claros, previsibles y sostenibles sobre el uso de tecnología, junto con rutinas compartidas libres de pantallas que refuercen el vínculo afectivo.
En paralelo, las instituciones educativas cumplen un rol fundamental. La alfabetización digital no puede limitarse a enseñar usos instrumentales de la tecnología ni a regular el uso del celular en el aula. También debe ayudar a identificar patrones de conducta que puedan afectar el bienestar emocional de niños, niñas y adolescentes: aislamiento, dependencia de la validación online, dificultad para sostener la atención, irritabilidad ante la desconexión o uso nocturno persistente. Para eso, la coordinación entre familias y escuelas resulta indispensable, tanto para establecer criterios comunes como para detectar señales tempranas y acompañar sin estigmatizar.
Intervenir a tiempo
La adolescencia temprana es una etapa de alta plasticidad cerebral. Por eso, las intervenciones tempranas pueden tener un impacto significativo en el desarrollo de habilidades de autorregulación, control de impulsos y planificación.
Desde la perspectiva clínica, la Terapia Cognitivo-Conductual no apunta únicamente a reducir una conducta problemática en el presente, sino a fortalecer recursos que acompañen el desarrollo futuro del adolescente. “La TCC no es solo una solución para el presente; es una inversión en la salud mental futura del adolescente”, concluye Genise.
En ese marco, la formación de profesionales especializados en infancia y adolescencia se vuelve cada vez más relevante. Los desafíos actuales no se reducen a una discusión sobre pantallas, sino que exigen comprender cómo se articulan los vínculos, la validación social, la salud mental y las prácticas digitales en una etapa decisiva del desarrollo.































