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Se podría definir la inteligencia emocional como la “capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y la habilidad para manejarlos”. El término fue popularizado por Daniel Goleman, creador del libro: Emotional Intelligence, publicado en 1995.

Goleman estima que la inteligencia emocional se puede organizar en cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación, y gestionar las relaciones.

Por su parte, Howard Gardner, psicólogo, investigador y profesor de la Universidad de Harvard, es conocido por haber formulado la teoría de las inteligencias múltiples señalando la importancia de las competencias sociales y emocionales impactan en el desempeño de los estudiantes.

A su vez, Salovey y Meyer, así como Le Doux, han mostrado que las emociones son importantes para pensar. Ellas reorientan, priorizan y dirigen el pensamiento. Facilitan los juicios y las decisiones, facilitan la comprensión de los estados de ánimo, permite analizar las informaciones de origen emocional, y utilizan los estados emocionales para identificar y solucionar problemas.

Las competencias emocionales también llamadas habilidades socioemocionales pueden desarrollarse en forma transversal ya que son esenciales para interactuar y vivir con otros. En el proceso de enseñanza es valioso que la comunidad educativa, docentes, estudiantes y familias puedan desarrollar habilidades emocionales como la empatía, el autoconocimiento y la gestión de las emociones.

Cuando se habla de inteligencia emocional (IE), se refiere a la habilidad de entender, usar y administrar las propias emociones en formas que reduzcan el estrés, ayuden a comunicar efectivamente, empatizar con otras personas, superar desafíos y aminorar conflictos.

La IE consta de cinco pilares fundamentales cuyo objetivo es proveer de mecanismos para entender la raíz de las emociones, aprender a navegar a través de ellas y establecer las bases para una comunicación efectiva.

Elaine Houston, investigadora de psicología positiva y especialista en ciencias de la conducta escribió para positivepsycology.com sobre los cinco elementos de los que se compone la inteligencia emocional. Estos elementos fueron mencionados por primera vez por el autor Daniel Goleman en 1995.

La autoconciencia es el escalón de donde parte toda la estructura de la inteligencia emocional, se trata de la habilidad de reconocer y comprender las propias emociones y cómo estas impactan a otros. Es el primer paso para generar una introspección de auto evaluación para identificar aspectos de conducta o emoción en el perfil psicológico que sería positivo cambiar, ya sea para estar más en paz con uno mismo o para adaptarse a determinada situación. La autoconciencia también cubre la necesidad de reconocer lo que motiva y provee de realización.

Una emoción por sí sola no es algo negativo, lo que pudiera ser disruptivo o detrimental es un mal manejo de la emoción, para evitar esto existe la autorregulación. Esta se centra en el desarrollo de la capacidad para manejar sentimientos adversos y adaptarse a cambios. Las personas que dominan la autorregulación son buenas para la resolución de conflictos, la rapidez de reacción y la gestión de responsabilidad o liderazgo.

La motivación es una pieza clave para alcanzar las metas. La inteligencia emocional da las herramientas para automotivar, con un enfoque a la realización y satisfacción personal, moviendo a un segundo plano la necesidad de reconocimiento o recompensa externa. Bajo este contexto, el compromiso que se asume por y para uno mismo es más fuerte que el que depende de las reacciones y perspectivas de otras personas.

La capacidad de reconocer y entender cómo se sienten otras personas y tomar en cuenta estas emociones antes de continuar una interacción se conoce como empatía. Esta permite comprender las dinámicas que influencian las relaciones que se gestionan tanto en la esfera familiar, como la escolar y la profesional.

Ahora bien, en la escuela se puede abordar con distintas estrategias y actividades sin perder de vista que son transversales a todas las áreas, teniendo en cuenta que, en el aula, se experimentan múltiples estados emocionales según las particularidades de cada persona, por lo que acompañar a los estudiantes es fundamental a través de la escucha y del diálogo. En ese sentido, cobra relevancia la gestión de las emociones.

Inteligencia emocional en la educación

Según el Instituto para el Futuro de la Educación, para que la empatía cumpla su propósito en el mejor relacionamiento con otro, es esencial que vaya de la mano con un autoconcepto sólido, bien construido y positivo.

El autoconcepto es a grandes rasgos la imagen que se tiene de uno mismo. Una percepción individual, generada por la autoconciencia, de las capacidades, particularidades y demás aspectos que hace a la persona.

Las habilidades sociales son la última pieza del rompecabezas, se conforma de los mecanismos necesarios para entender las emociones de otros, establecer una distancia entre estas y las de uno al mismo tiempo que se construye un canal de comunicación para conectar con la gente que se interactúa. En el ejercicio de estas facultades se obtienen habilidades como la escucha activa y la comunicación asertiva verbal y no verbal.

Las habilidades académicas y la experiencia profesional habilitan para realizar ese recorrido. La inteligencia emocional brinda la capacidad de hacer ese trabajo de forma más eficiente y alcanzando mejores niveles de rendimiento, gracias a que toma en consideración las medidas para conocer más sobre la salud mental y física, así como la de otras personas.

La educación emocional “es un proceso educativo, continuo y permanente, que pretende potenciar el desarrollo de las competencias emocionales como elemento esencial del desarrollo humano, con objeto de capacitar para la vida y con la finalidad de aumentar el bienestar personal y social”, según la definen Rafael Bisquerra y Nuria Pérez, investigadores de la Universitat de Barcelona.

Inteligencia Emocional en pandemia

La pandemia del COVID-19 causó un fuerte impacto psicológico en la comunidad educativa y la sociedad en general. El cierre de los centros educativos, la necesidad del distanciamiento físico, la pérdida de seres queridos, del trabajo y la privación de los métodos de aprendizaje convencionales han generado estrés, presión y ansiedad, especialmente entre los docentes, el alumnado y sus familias, asegura la UNESCO en su informe Promoción del bienestar socioemocional de los niños y los jóvenes durante las crisis (2020).

Toda crisis, desde guerras hasta pandemias como la que se vivió por el COVID-19, conlleva fuertes respuestas emocionales negativas, como pánico, estrés ansiedad, rabia y miedo. Desarrollar en las personas habilidades de aprendizaje socioemocional ayuda a que las situaciones estresantes se aborden con calma y con respuestas emocionales equilibradas.

Además, estas competencias permiten fortalecer el pensamiento crítico para tomar decisiones mejor informadas en la vida, señala la UNESCO.

Asimismo, otros expertos en educación emocional coinciden en que las situaciones de miedo y estrés tienen un impacto negativo en la salud y la habilidad para aprender de todas y todos los estudiantes.

Por ello, la Asociación Española de Educación Emocional advierte que el sistema educativo y todos los profesionales de la educación deben ser conscientes de que la enseñanza-aprendizaje solo podrá ser efectiva a partir de un equilibrio emocional y una salud mental adecuada del alumnado. De ahí la importancia de la educación emocional.

 

Habilidades y competencias que necesitarán los docentes y los alumnos post Covid-19

 

Algunos datos de IE en la región

Un estudio sobre habilidades socioemocionales en estudiantes de sexto grado (ERCE 2019) fue dado a conocer por la Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe (OREALC/UNESCO Santiago) junto a los representantes de los 16 países que formaron parte de esta investigación: Argentina, Brasil, Colombia, Cuba, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana y Uruguay.

Para investigar las habilidades socioemocionales, junto con la aplicación de las evaluaciones académicas, el estudio ERCE 2019 aplicó una serie cuestionarios a los estudiantes de sexto año. Las preguntas indagaban acerca de su disposición a relacionarse con personas de grupos distintos al propio (apertura a la diversidad), su capacidad para regularse a sí mismos al realizar actividades académicas (autorregulación escolar) y sobre su habilidad para ponerse en el lugar del otro (empatía).

En términos de resultados, el estudio reveló que el 85% de las respuestas entregadas por las y los estudiantes a nivel regional evidencian una actitud positiva de apertura a la diversidad, es decir, el grado en el que los estudiantes perciben o anticipan que son capaces de aceptar, tolerar y de establecer vínculos con quienes son diferentes a ellos.

Otra de las habilidades evaluadas fue la autorregulación escolar, que buscó medir la capacidad de las y los estudiantes para regular sus emociones, pensamientos y comportamientos durante la experiencia de aprendizaje y perseverar hacia el logro deseado. En esta habilidad, el 74% de las respuestas fueron positivas.

La empatía es la capacidad para reconocer la perspectiva de otro, tanto en un sentido cognitivo, como emocional.  Implica la habilidad para identificar las emociones que están experimentando otros, interpretar sus intenciones y propósitos y también incluye la capacidad para actuar o responder considerando el punto de vista y las emociones de los demás.

En esta área, el 55% del total de respuestas de las y los estudiantes de la región fueron positivas, es decir que “varias veces” o “casi siempre o siempre” declararon sentir tristeza cuando un compañero no tiene nadie con quien jugar, o que tratan de ayudar a un compañero en problemas, aunque no sea su amigo, así como en otras situaciones que requieren ponerse en el lugar del otro emocionalmente o comprender su punto de vista y actuar sintonizando con lo que le sucede.

En general, la mayoría de los estudiantes de la región reportaron actitudes positivas frente a las situaciones planteadas en los cuestionarios. Las y los alumnos cubanos son quienes, en promedio, informaron niveles de empatía más altos que la media regional (70% de respuestas positivas).

 

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