La soledad en la vejez desde una mirada expresionista

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El teatro nos interpela y muchas veces coloca ante nuestros ojos algunas cuestiones que preferimos no ver. La soledad en la vejez es una de ellas. Y hay obras que lo hacen desde un lugar tan sensible que inevitablemente nos toca fibras íntimas. Tal es el caso de “Las cosas de Mabel”, una de las últimas creaciones de la dramaturga y directora Cecilia Meijide.

Mabel tiene 86 años, es viuda y padece una enfermedad en las articulaciones. Por eso pasa los días en su casa con la única compañía de Iván, un joven enfermero, con quien comparte conversaciones sobre la vida. De vez en cuando, recibe la visita de su hijo Fabián, al que sólo parece moverlo su propio interés: llevarse objetos que luego podrá vender. Ambos atravesarán una ruptura amorosa que, de algún modo, los acercará.

Los días se suceden sin grandes acontecimientos. La rutina de Mabel es siempre la misma: comer, tomar té, mirar la televisión, hacer los ejercicios y dormir. Pero el impedimento es sólo físico. Ella está tan viva como siempre y la verborragia será su manera de expresar todo lo que le pasa y lo que piensa. Mabel se aferra a las palabras, ellas se convierten en su protección contra el olvido. Por eso, cuando recuerde hechos pasados, volverá a ser esa muchacha joven que fue alguna vez. Rosario Varela es la encargada de interpretar a Mabel y lo hace con el dominio de muchos recursos expresivos, vocales y corporales. Sus movimientos construyen un cuerpo atravesado por la vejez y sabe manejar muy bien las transiciones. Por su parte, Nacho Bozzolo interpreta a su hijo, un hombre que puede parecer insensible pero su trabajo actoral le brinda los matices necesarios que dan cuenta del costo que tiene para el personaje aquello que lleva a cabo. Un hombre que no sabe vincularse con su madre más que a través de esos objetos que roba, perdido y tratando de sobrevivir. En tanto, Ignacio Torres es el joven enfermero a quien le toca pasar sus días con Mabel, atravesado por el dolor y el desconcierto de una ruptura amorosa. El será su único interlocutor. Y eso irá construyendo no sólo una amistad sino también una intimidad cotidiana.

La escenografía recrea la casa de la protagonista, atiborrada de muebles y objetos cargados de recuerdos, esos mismos que su hijo se irá llevando día tras día. Objetos de un pasado familiar, testigos de la soledad de una mujer que está en sus últimos años. Cosas que en otro tiempo tuvieron un significado muy distinto y que hoy connotan las ausencias. Su hijo la puede despojar de ellas pero no le podrá quitar los recuerdos, que se entremezclan en un texto que emociona y hace reír al mismo tiempo. Imposible no escuchar en Mabel las mismas palabras de alguna abuela o tía. Y la vejez es un procedimiento de actuación. Cargada de expresionismo, aleja al espectador de todo realismo, lo que provoca tanto un distanciamiento como una reflexión sobre ese período de la vida. Pero eso, aunque pueda resultar paradójico, la termina volviendo absolutamente cercana.

Las cosas de Mabel es una historia sencilla, cotidiana, de esas con las que es imposible no identificarse. Sus problemáticas son cercanas y conocidas, y sus personajes entrañables y profundamente humanos. Pone en escena temas como la soledad en la vejez, los vínculos, las ausencias y la intimidad que se puede construir entre desconocidos.

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