En los nueve países analizados por Argentinos por la Educación, las mujeres terminan la secundaria en mayor proporción que los varones. La diferencia alcanza 10,1 puntos porcentuales en Uruguay, 9,5 en Brasil y 8,2 en Argentina. Perú presenta la mayor paridad del grupo, con una brecha de apenas 0,9 puntos a favor de las mujeres.
El dato podría sugerir que ellas llegan mejor posicionadas al final de la escolaridad obligatoria. Pero mirar qué ocurre después permite complejizar esa lectura.
Un informe del Banco Interamericano de Desarrollo sobre el mercado laboral femenino en América Latina y el Caribe muestra que, pese a los avances registrados durante las últimas décadas, la participación laboral de las mujeres continúa considerablemente por debajo de la de los hombres. La tasa femenina supera el 60%, mientras que la masculina se mantiene por encima del 80%, y la brecha regional sigue siendo una de las más altas del mundo.
La diferencia no se explica solamente por cuántas mujeres ingresan al mercado de trabajo. También importa en qué condiciones lo hacen.
El BID señala que las trabajadoras tienden a concentrarse en ocupaciones de menor salario y calidad y en sectores como salud, educación, cuidados y servicio doméstico. Al mismo tiempo, tienen una presencia menor en áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, que suelen estar vinculadas con actividades de mayor productividad e ingresos.
La segregación comienza, además, antes del ingreso al mercado laboral. Según el informe, sólo alrededor del 30% de quienes se gradúan de carreras vinculadas con áreas CTIM en América Latina y el Caribe son mujeres. Los autores vinculan esa diferencia con estereotipos de género que comienzan a manifestarse desde edades tempranas y que pueden incidir sobre las expectativas acerca de las capacidades de niñas y niños, las elecciones educativas y, posteriormente, las oportunidades laborales.
Esto introduce una tensión relevante respecto de los datos de terminalidad. Las mujeres logran completar la secundaria en mayor proporción, pero ese mayor nivel de permanencia educativa no elimina las barreras que aparecen en las etapas siguientes.
El BID encuentra incluso diferencias en los retornos económicos de determinadas habilidades. En Bolivia, Chile, Colombia y El Salvador, al comparar hombres y mujeres con el mismo nivel educativo, habilidades básicas semejantes y características sociodemográficas comparables, el retorno salarial asociado a las habilidades cuantitativas resulta casi dos veces mayor entre los hombres.
Cuando la desigualdad también organiza el tiempo disponible
Otra dimensión aparece en la distribución de las responsabilidades domésticas y de cuidado. Las mujeres latinoamericanas y caribeñas dedican en promedio 38 horas semanales a tareas domésticas y de cuidado no remuneradas, frente a 16 horas entre los hombres. En hogares con niños menores de cinco años, esa diferencia se amplía hasta alcanzar 33 horas semanales.
El problema no es el cuidado en sí mismo, sino su distribución desigual y las consecuencias que esa organización tiene sobre las posibilidades de estudiar, trabajar, disponer de tiempo y desarrollar una trayectoria profesional.
El BID observa que la brecha de participación laboral entre hombres y mujeres con hijos menores de cinco años alcanza 40 puntos porcentuales, mientras que se reduce a 24 puntos cuando los hijos son mayores de 18. También recoge evidencia según la cual el acceso a servicios de cuidado infantil puede incrementar la participación laboral femenina.
De este modo, dos personas con niveles educativos semejantes pueden enfrentar condiciones muy diferentes para convertir esas credenciales en oportunidades laborales.
Las desigualdades tampoco desaparecen cuando las mujeres logran ingresar y permanecer en el mercado de trabajo. A partir de información de más de 1.200 empresas que cotizan públicamente, el informe registra que ellas ocupan apenas 8,5% de los lugares en directorios, 9,2% de las posiciones ejecutivas y 4,2% de los cargos de dirección ejecutiva.
Los datos de terminalidad y mercado laboral, observados en conjunto, muestran entonces dos procesos que avanzan a velocidades distintas.
La escuela secundaria presenta hoy una ventaja relativa para las mujeres en términos de finalización. Pero esa ventaja no se proyecta de manera automática sobre el mundo laboral. Allí reaparecen diferencias en participación, sectores de inserción, ingresos, responsabilidades familiares y acceso a puestos jerárquicos.
El propio informe sobre terminalidad advierte que una mayor graduación femenina no equivale a una trayectoria libre de obstáculos. Las responsabilidades familiares, el trabajo doméstico y, en algunos países, el embarazo adolescente continúan afectando las posibilidades de finalizar la escolaridad.
Por eso, leer la mayor terminalidad femenina únicamente como un indicador de igualdad alcanzada puede resultar engañoso. Las mujeres completan más la secundaria, pero las condiciones sociales y laborales todavía limitan cuánto pueden transformar esa ventaja educativa en autonomía, ingresos y oportunidades profesionales.






















