Durante las últimas décadas, buena parte de América Latina convirtió la escuela secundaria en obligatoria. Argentina lo hizo para todo el nivel en 2006; Chile en 2003; Perú también en 2003; Uruguay incorporó la media superior en 2008; México, en 2012; Paraguay, en 2010; Ecuador, en 2011. Colombia constituye una excepción: su educación media todavía no integra la escolaridad obligatoria.
La extensión normativa significó un cambio decisivo: la secundaria dejó de ser un tramo pensado solamente para una parte de la población y pasó a formar parte del derecho educativo que los Estados deben garantizar.
Pero convertir un nivel en obligatorio no equivale a universalizar su finalización.
Un informe de Argentinos por la Educación, elaborado por Sandra Ziegler, Martín Nistal y Lucía Vallejo, muestra que en 2024 la proporción de jóvenes de 19 a 24 años que había completado la secundaria iba desde 92% en Perú y 91,5% en Chile hasta 52,2% en Uruguay. Argentina alcanzaba 74,6%. Entre ambos extremos se ubicaban Ecuador, Colombia, Brasil, Paraguay y México.
Todos los países mejoraron durante la última década. Pero esos avances no borran una tensión fundamental: la secundaria se volvió obligatoria antes de que su terminalidad se volviera universal.
Cuando ampliar el derecho también cambia lo que medimos
Mirar la terminalidad sin considerar la expansión de la escolarización puede llevar a conclusiones engañosas.
Una secundaria más extendida incorpora a jóvenes que, en sistemas más selectivos, podían no llegar siquiera a ingresar o permanecer en el nivel. Por eso, comparar las tasas actuales con las de épocas en las que la secundaria alcanzaba a una proporción menor de la población exige tener en cuenta que la composición de quienes atraviesan el nivel también cambió.
El propio informe sitúa esta discusión en un proceso de expansión regional. En las últimas dos décadas aumentó la proporción de jóvenes que completa la secundaria, aunque los autores señalan que el avance perdió impulso entre 2010 y 2020. También identifican el paso hacia la secundaria superior como un “momento bisagra”, donde continúan concentrándose dificultades para la retención y la graduación.
Esto no significa que la obligatoriedad haya provocado una caída en la terminalidad. El estudio no analiza causalmente esa relación. Sí permite advertir algo diferente: una norma puede universalizar formalmente un derecho sin que las condiciones necesarias para ejercerlo se distribuyan de manera universal.
La diversidad regional también obliga a evitar explicaciones simples. Chile y Perú, ambos con secundaria obligatoria desde 2003, superan el 90% de terminalidad. Argentina, que la estableció en 2006, alcanza 74,6%. Uruguay incorporó la media superior a la obligatoriedad en 2008 y registra 52,2%. Colombia, cuya educación media no es obligatoria, llega al 78,3%.
La obligatoriedad importa, pero no alcanza para explicar por sí sola quién termina la secundaria.
La desigualdad aparece con claridad cuando se mira quiénes egresan
El nivel socioeconómico es uno de los factores asociados más consistentes del informe.
En todos los países analizados, la terminalidad aumenta a medida que crecen los ingresos del hogar. La intensidad de esa relación, sin embargo, cambia mucho entre países.
En Chile completa la secundaria el 87,2% de los jóvenes del quintil de menores ingresos y el 97,9% del quintil más alto. En Perú, 82,5% y 97,6%, respectivamente.
Argentina presenta una distancia mucho mayor: 59,6% entre los jóvenes del quintil más pobre frente a 92% entre los del quintil más rico. La diferencia alcanza 32,4 puntos porcentuales. Colombia tiene una brecha similar; Brasil y Ecuador superan los 33 puntos; Paraguay y México rondan los 38.
Uruguay muestra el contraste más fuerte: sólo 23,3% de los jóvenes del quintil inferior había terminado la secundaria, frente a 86% entre los de mayores ingresos. Son 62,7 puntos de diferencia.
La mejora de la última década tampoco fue igual para todos. En la mayoría de los países, la terminalidad creció más entre los sectores de menores ingresos y las brechas se redujeron. Argentina pasó de una diferencia de 44 puntos en 2014 a 32,4 en 2024. En Chile quedó cerca de 11 y en Perú alrededor de 15. Paraguay y Uruguay fueron las excepciones: mejoraron sus tasas generales, pero la distancia entre los extremos de ingreso aumentó.
Ese resultado permite distinguir dos procesos que suelen confundirse: que más jóvenes terminen la secundaria y que las posibilidades de terminarla se distribuyan de manera más equitativa. Una cosa no garantiza automáticamente la otra.
Terminar también puede llevar más tiempo
Hay otra dimensión que los indicadores agregados pueden ocultar: la edad de graduación.
Cuando el informe amplía el análisis hasta los 30 años, observa que la terminalidad continúa creciendo después de la edad teórica de egreso en varios países.
Perú y Ecuador alcanzan su máximo alrededor de los 21 años; Chile a los 22. Argentina recién llega a su punto más alto a los 25 años, con 81%, y Colombia a los 26.
Esto significa que una parte de los jóvenes finalmente termina, pero lo hace con trayectorias más largas.
La terminalidad, entonces, no responde solamente a la pregunta de cuántos reciben el título. También obliga a mirar cuándo lo hacen, quiénes quedan afuera y cuánto pesa el origen social en esa posibilidad.
La obligatoriedad convirtió la secundaria en un derecho para todos. Los datos muestran que el siguiente problema es bastante más complejo: conseguir que esa universalidad normativa pueda convertirse también en una experiencia educativa efectivamente universal.





















