Los mejores a lo público

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Por Iñigo Sáenz de Miera, Director General de la Fundación Botín.

El motor del desarrollo es la fuerza que reside en la propia sociedad -en realidad en cada una de las personas que la formamos- pero la condición necesaria para que esa fuerza genere crecimiento es el correcto desempeño de las instituciones. Sobre todo las públicas.

Para que una sociedad experimente un período largo de desarrollo sostenible sus instituciones públicas tienen que funcionar bien, acertando con el papel que les corresponde y desempeñándolo con transparencia, eficacia y eficiencia.

En la causa de las crisis económicas y sociales casi siempre ocupa un lugar destacado una crisis institucional. La crisis en la que vive inmersa hoy buena parte del mundo es buena prueba de ello. ¿Cuánto tiene que ver la resistencia de América Latina a la crisis financiera con el buen funcionamiento de sus instituciones bancarias y regulatorias? ¿Qué parte de la solución de los problemas europeos depende de lo que suceda con las jóvenes instituciones de la Unión? ¿Cuánto del desarrollo brasileño ha sido posible gracias al normal desarrollo del sistema democrático e institucional? ¿Y Chile? ¿Y cómo es que Colombia, a pesar de los graves problemas de seguridad, ha logrado mantener en el tiempo niveles de crecimiento más que aceptables, y aumentar poco a poco el tamaño de sus clases medias?

Por eso tenemos como sociedad un reto urgente: lograr que más de nuestros mejores profesionales se dediquen a lo público, decidan comprometerse con el desarrollo de sus sociedades y quieran servirlas, precisamente, desde las instituciones.

Lo expresaba con toda claridad el Presidente Fox, en la clausura de la tercera edición del Programa de Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina de la Fundación Botín: “la respuesta a la crisis actual – por supuesto, también en el caso de México– implica un mayor compromiso y esfuerzo de quienes, en cada momento, tenemos el privilegio de ejercer como servidores públicos. Nos exige además, sacar lo mejor de nosotros mismos, poner en juego todas nuestras capacidades, y hacer mayor, esfuerzo, si cabe, en ponernos en el puesto del ciudadano”.

Martina Muller, una joven estudiante brasileña participante en este programa de fortalecimiento institucional, lo expresaba, de nuevo, en este caso en declaraciones a Televisión Española: “tener vocación de servicio público es anteponer el interés general sobre el interés personal”. Sí, pero no sólo. Es eso, y es además querer comprometerse con ese interés común desde lo público y no desde el sector social o incluso, por qué no, desde el privado.

Es urgente encontrar a los jóvenes que sienten esa vocación, esa llamada. Pero esto no es suficiente. Debemos, además, hacer todo lo que esté en nuestra mano para cuidar esa vocación. Todos ellos, por su capacidad pueden escoger casi cualquier camino profesional. Algunos de gran prestigio social o de mayor reconocimiento salarial. Pero el reto está en ayudar, animar, a concretar esa vocación de manera que al terminar sus estudios, o en algún momento de sus carreras profesionales, decidan efectivamente renunciar a otras opciones para desempeñarse en instituciones públicas.

La tarea no es fácil. En un reciente trabajo de investigación realizado por esta Fundación Botín para analizar el prestigio de la profesión docente, se realizó una encuesta en la que se preguntaba, para poder comparar, por el prestigio de 100 profesiones, entre las que estaba la profesión de diputado o de funcionario público. Pues bien, el resultado ha situado a estas dos profesiones entre las 15 peor valoradas por los ciudadanos muy por detrás de médicos, ingenieros, maestros, administradores, periodistas, abogados o psicólogos.

Pero somos testigos de que hay muchos y muy buenos jóvenes universitarios comprometidos y con ganas de seguir haciéndolo cuando acaben sus estudios de grado.

Magníficos estudiantes de derecho, de los mejores de sus universidades, que quieren trabajar en la fiscalía de sus región en lugar de un glamoroso bufete de abogados, donde tendrían huelga decirlo mucha mejor remuneración; brillantes futuros veterinarios que en vez de poner una clínica quieren participar en el desarrollo de políticas ganaderas que pongan en valor los recursos y el talento del mundo rural; economistas que prefieren –o por ahora dicen que prefieren– ayudar a que las instituciones reguladoras funcionen bien a intentar ganar dinero en bolsa; estudiantes sobresalientes de ingeniería que prefieren participar en los procesos de planeamiento estratégico de sus países en vez de hacer carreteras, o puentes, o vías de tren.

¿Basta entonces con detectar estas vocaciones y cuidarlas para que se concreten en compromisos y decisiones personales? No, no basta, ya decíamos que la tarea no es sencilla. Es necesario también dar a estos jóvenes las herramientas para ser trasparentes, eficaces y eficientes. Tenemos que ayudarles a entrenar los músculos que van a necesitar en el ejercicio de su profesión.

Los conocimientos necesarios los adquirirán en sus universidades, pero antes incluso de que comiencen sus carreras debemos ayudarles a encontrar bases éticas sólidas, a desarrollar su inteligencia emocional y social, y a trabajar en red.

La ética además de sólida tiene que ser práctica, útil. Tienen que saber ante qué dilemas se van a encontrar antes de encontrárselos, y tener a mano argumentos y motivos para solucionarlos poniendo, como decía Martina, el interés común antes que el personal.

La inteligencia emocional y social la necesitarán para conocerse y gestionarse bien, para reconocer y resistir la frustración cuando la sufran, para detectar la euforia o el miedo cuando lleguen y usarlos a su favor, para atreverse a innovar, para ponerse en el lugar del otro y llegar a acuerdos.

Trabajar en red es multiplicar el fruto de los esfuerzos. Es compartir conocimiento, oportunidades, problemas, proyectos. Si lográramos que algunos de estos futuros servidores públicos de América Latina estén y trabajen en redes que trasciendan sus países estaremos multiplicando la eficiencia de cualquier estrategia de fortalecimiento de las instituciones.

Detectar aquellos de entre los mejores estudiantes de América Latina que tienen vocación de servicio público, cuidar esa vocación para que se concrete en compromiso, y ayudar a estos futuros servidores públicos a desarrollar las herramientas que les permitirán ser eficaces y eficientes son los objetivos del Programa de Fortalecimiento de la Función Pública de la Fundación Botín.

¿Qué pasará cuando estos jóvenes universitarios lideren otro modo de hacer desde lo público?

Iñigo Saenz de Miera, Director General de Fundación Botín.
Íñigo Sáenz de Miera, Director General de la Fundación Botín, con alumnos del Programa de Fortalecimiento de la Función Pública. Cortesía de la Fundación Botín.
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