Nosotros y el otro

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Todos tenemos una trayectoria propia por el sistema educativo que comenzó en nuestra infancia. Lo conocemos bien, sabemos cómo funciona y cuáles son sus posibilidades y sus limitaciones. La experiencia personal es absolutamente propia; mientras algunos padecen los años de escolaridad, otros guardan los mejores recuerdos. Tal vez por eso, o por la complejidad de un sistema cuyas estructuras están muy naturalizadas, es que resulta difícil llevarlo a escena. “Yo, Ramón” lo hace y utiliza los estereotipos a su favor para tomar distancia al tiempo que los critica.

La acción transcurre en tres planos: durante una reunión de estudio entre compañeros de un terciario, en la sala de profesores de un colegio secundario y en un encuentro de un grupo de padres que intentarán preparar una obra para la finalización de las clases. Son los mismos actores quienes le darán vida a los distintos personajes. Por su parte, Ramón circula por todos esos espacios, es el personaje al que nunca se lo ve pero que siempre está, cuya presencia se siente y se palpa. Un niño que vive escapándose de los lugares y que se niega a cumplir con los mandatos y las demandas de los adultos.

Precisamente, una de las líneas principales de la obra indaga en la distancia entre el mundo de los adultos y el mundo de los niñxs, en la manera en que los primeros imponen sus creencias, en la forma en que obligan a los chicxs a hacer lo que ellos no quieren, en cómo limitan las conductas y los deseos de los niñxs. El descubrimiento del cuerpo y de la propia sexualidad, el deseo de hacer cosas distintas a las establecidas aparece bajo la figura de Ramón. El adulto, como responsable de la educación no formal sino de la que se relaciona con lo emocional, lo social y lo afectivo, aparece en la obra como un sujeto incapaz de escuchar al niñx y preocupado por encauzar los deseos del pequeño en determinados parámetros convencionales que son, en realidad, construidos social y culturalmente. Es así que a un varón no le puede gustar jugar con muñecas, que una nena debe divertirse con juguetes que reproducen el lugar de ama de casa que, se espera, ocupará en el futuro, es así que ningún niño ni niña puede explorar su cuerpo porque hay lugares vedados.

Esa imposibilidad de escucha y de implicación con el mundo de los niñxs o adolescentes también se ve en los docentes de la obra cuando, ante una actitud nazi por parte de un grupo de alumnos, la reducen a un ejemplo de rebeldía, a algo que “ya se les va a pasar”. No hay preocupación ni intención de indagar en qué les sucede a los chicxs. Sólo parece importar que éstos cumplan con las disposiciones escolares. El dispositivo escolar como reproductor de condicionamientos y conductas.

El sistema educativo, lejos de sus primigenias aspiraciones a conseguir la igualdad social, reproduce las desigualdades sociales al tiempo que confisca, cosifica, incluye y excluye. La escuela determina las conductas, establece lo que está bien y lo que está mal. Al mismo tiempo, la escuela erige un modelo de alumno, de varón y de niña, y todas aquellas identidades que no encajan en los parámetros establecidos, quedan afuera y son víctimas de discriminación y segregación. Ramón es uno de esos niñxs, simboliza ese “otro” al que la sociedad no le da lugar.

Ficha técnica

Actúan: Fernando AtiasCecilia BalmayorOrnella Vera CardaciMarianela CaresaniGabriela FernandaPablo GuisesDiego Iglesias FernándezChecha KadenerLola MegaLigüen Pires

Vestuario: Virginia De Los Santos Fernández

Escenografía: Virginia De Los Santos Fernández

Diseño de maquillaje: Sabrina Vazquez

Diseño gráfico: Luciana Llado

Entrenamiento corporal: Hugo Armando Schettini

Asistencia técnica: Antonella Loccisano

Asistencia de dramaturgia: Antonella Placenti

Asistencia de dirección: Antonella Placenti

Prensa: Daniel FrancoPaula Simkin

Supervisión: Gabriel Gendelman

Dirección: Gabriela Villalonga

Del Borde Espacio Teatral, Chile 630

Viernes, 21 hs.

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