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Resiliencia educativa: planeamiento educativo sensible a las crisis

Terremotos, inundaciones, sequías o emergencias sanitarias pueden interrumpir la escolaridad de formas muy distintas. El IIPE UNESCO propone incorporar esos riesgos al planeamiento habitual de los sistemas educativos.

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La pandemia de COVID-19 mostró que la continuidad educativa depende de mucho más que mantener abiertas las escuelas. Cuando los edificios dejaron de estar disponibles, los sistemas tuvieron que reorganizar al mismo tiempo la enseñanza, la comunicación con las familias, la alimentación escolar, el trabajo docente y el acceso a materiales y conectividad.

Terremotos, inundaciones, incendios, sequías o desplazamientos de población plantean hoy problemas diferentes, pero vuelven sobre una pregunta que quedó instalada entonces: ¿qué necesita un sistema educativo para seguir funcionando cuando cambian las condiciones sobre las que normalmente se sostiene?

El Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación de UNESCO (IIPE UNESCO) trabaja esa cuestión a partir del concepto de planeamiento educativo sensible a las crisis: incorporar riesgos y vulnerabilidades a las decisiones habituales del sistema, en lugar de empezar a pensar una respuesta cuando la emergencia ya ocurrió.

Para Martín Benavides, director del organismo, frente al cambio climático el objetivo es que deje de ser considerado un elemento externo y pase a convertirse en una variable estructural del planeamiento educativo.

No todas las crisis cierran una escuela de un día para otro

Una de las claves del enfoque es que las emergencias educativas no siempre tienen la misma forma.

Un terremoto, una inundación o un huracán pueden provocar una interrupción inmediata: edificios inutilizables, evacuaciones, caminos cortados y suspensión de clases. Otras amenazas actúan más lentamente. Una sequía prolongada o una ola de calor pueden incrementar el ausentismo, afectar las condiciones para enseñar y aprender o contribuir progresivamente a la desvinculación escolar.

La resiliencia, por eso, no consiste solamente en construir edificios capaces de resistir una catástrofe.

También supone prever qué ocurre si falta agua, si los estudiantes deben trasladarse, si una escuela recibe matrícula de otra institución, si se interrumpe la alimentación escolar o si docentes y familias atraviesan una emergencia al mismo tiempo.

El IIPE advierte además que estos efectos suelen profundizar desigualdades previas. Una interrupción no afecta de la misma manera a quien dispone de transporte, dispositivos y conectividad que a quien depende de la escuela para acceder a varios de esos recursos.

La información también forma parte de la respuesta

Planificar implica, entre otras cosas, saber dónde están los riesgos antes de necesitarlos.

Los sistemas educativos cuentan con datos sobre matrícula, escuelas, docentes e infraestructura. El enfoque del IIPE propone combinarlos con información climática y geográfica para identificar establecimientos expuestos, poblaciones particularmente vulnerables y alternativas de respuesta.

Honduras ofrece un ejemplo. Su sistema de planificación de infraestructura educativa permite que las escuelas reporten desde dispositivos móviles daños, problemas de servicios y estado de los edificios, incorporando fotografías y geolocalización. Después de una emergencia, esa información ayuda a establecer qué establecimientos necesitan ser atendidos primero.

El dato deja entonces de ser simplemente una estadística sobre lo ocurrido: se convierte en una herramienta para decidir.

Brasil, por su parte, está trabajando la resiliencia desde una perspectiva que incluye infraestructura, acceso al agua, alimentación escolar y salud mental de docentes y trabajadores educativos. La respuesta no queda limitada así al edificio, sino a las condiciones que permiten que una comunidad escolar continúe funcionando.

Prepararse para algo que no sabemos cuándo ocurrirá

Ningún sistema puede anticipar exactamente la próxima crisis.

La pandemia fue una demostración contundente. Sin embargo, muchas de las consecuencias posibles sí pueden imaginarse: una escuela puede quedar inaccesible, una comunidad puede tener que desplazarse, las clases presenciales pueden interrumpirse o puede ser necesario reorganizar rápidamente docentes, horarios y espacios.

Ahí está la diferencia entre predecir una emergencia y prepararse para ella.

El planeamiento sensible a las crisis propone que esas preguntas formen parte de la gestión educativa cotidiana: qué escuelas están más expuestas, qué alternativas existen si un edificio no puede utilizarse, quién toma las decisiones, cómo se comunica una emergencia, qué estudiantes pueden quedar más afectados y qué recursos serán necesarios para sostenerlos.

Desde esta perspectiva, la resiliencia no se mide solamente por la velocidad con la que una escuela vuelve a abrir.

También depende de cuánto había pensado el sistema antes de que fuera necesario cerrarla.

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