Alfabetización inicial en la Argentina: el problema no son sólo los métodos

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Por Eliana Rodríguez Max, Prof. en Ciencias de la Educación.

Alfabetización: un problema que llevada décadas

Leer y escribir fueron, desde los inicios, los objetivos fundantes de casi cualquier sistema educativo en el mundo. Hoy, en nuestro país, el 46% de los niños de 3er grado no alcanzan un nivel mínimo de compresión lectora, según los datos de la evaluación APRENDER 2023. A pesar de que, en Argentina, contamos con un sistema educativo de 140 años de antigüedad todavía no podemos resolver estos propósitos básicos.

En este contexto, el debate por los métodos de alfabetización ha tomado, nuevamente, protagonismo. En los últimos años, importantes referentes del ámbito de la investigación educativa han manifestado su descontento con el enfoque propuesto en los documentos curriculares del ministerio de educación. Desde esta perspectiva, se advierte que el actual fracaso escolar, no es un fracaso de los niños sino de la enseñanza ya que se utiliza una metodología que “retrasa” el aprendizaje. Asimismo, aseguran que todos los niños podrían aprender a leer y escribir en primer grado si se vuelve a una enseñanza sistemática, progresiva y adecuada basada en la conciencia fonológica.

Más que métodos

Estar alfabetizado implica mucho más que reconocer y pronunciar letras y sonidos: leer implica también comprender lo que se lee, construir sentido a partir del texto. Un niño puede leer correctamente en voz alta y no comprender lo que ha leído, esto sucede porque la decodificación y la compresión son fundamentales para leer pero el logro de uno no implica al otro: no hay relación de causa y efecto, son procesos complementarios. Esto nos plantea que el problema del fracaso en la alfabetización no es tan simple como elegir una u otra metodología, ambas focalizan en aspectos fundamentales para la adquisición de la lecto escritura.

En primera instancia la discusión aquí no debería girar en torno a cuál es el mejor método, la experiencia nos dice que todos, con aciertos y errores, funcionan. La prueba de ello es que, podemos encontrar lectores competentes en distintas generaciones, a pesar de que su alfabetización haya sido guiada por distintas metodologías, incluso antagónicas. Esto nos permite llegar a la primera certeza ¡todos los métodos funcionan!

Desde esta perspectiva, el debate se desplaza necesariamente hacia aquello que la experiencia acumulada nos ha permitido aprender: la alfabetización requiere una combinación sistemática del trabajo con la conciencia fonológica y la enseñanza explícita de las relaciones entre letras y sonidos, sin dejar de lado la comprensión profunda de textos valiosos y complejos, que permitan a los niños constituirse como lectores en un sentido pleno. Esto exige revisar las metodologías empleadas y asumir la necesidad de recuperar, ajustar o incorporar aquellos enfoques que fueron dejados de lado y que resultaron fundamentales para garantizar el aprendizaje de todos los estudiantes.

Una mirada más profunda…más allá de los métodos.

El problema actual no puede reducirse únicamente al enfoque alfabetizador, la situación que enfrentamos es el resultado de múltiples factores que, de manera sostenida, provocaron esta debacle. Uno de ellos es la ausencia de una política alfabetizadora clara y sostenida en el tiempo. Cada gobierno educativo que asume propone una nueva fórmula “salvadora” para resolver el analfabetismo funcional, pero ninguna de ellas perdura en el tiempo. Varias de estas iniciativas, de hecho, contaban con sólidos fundamentos teóricos y, posiblemente, podrían haber contribuido a revertir el fracaso escolar. Sin embargo, la falta de sostenimiento las dejó inconclusas.

En provincias como Tucumán, convivieron diversos programas orientados el mismo propósito: algunos ideados por la provincia, otros impulsados por organizaciones sociales o el gobierno nacional que desplegaron sus propias líneas de acción en el territorio. Todas estas buenas intenciones generaron un nuevo inconveniente: la presencia simultánea de dos o tres enfoques metodológicos —en ocasiones, incluso contrapuestos— que produjo confusión en las escuelas y tensiones en los equipos docentes. En consecuencia, la falta de definición de una política clara y unificada no sólo alimentó el desconcierto, sino que se vio agravada por un progresivo vaciamiento de contenidos y fundamentos teóricos que orienten la práctica alfabetizadora.

En este escenario, las escuelas se limitaron a “implementar” el método prescripto por el programa o proyecto que se les había asignado. El docente se convirtió en un mero “ejecutor”, sin un marco conceptual lo suficientemente sólido para comprender el sentido de lo que se le pedía aplicar. Lamentablemente, las instancias de capacitación y acompañamiento resultaron, en la mayoría de los casos, insuficientes y acotadas. ¿El resultado? Maestros que administraban un supuesto método “mágico” cuyo fundamento conocían de manera superficial.

La formación docente: un eslabón débil

Por último, en mi experiencia en procesos de asesoramiento y conformación de equipos docentes, evidencie un preocupante vaciamiento en la formación inicial del profesorado vinculada con la alfabetización inicial. Entre los docentes noveles entrevistados —al menos una veintena— ninguno pudo expresar con claridad cómo abordar la enseñanza de la lectura y la escritura. Muchos de ellos acababan de egresar de los institutos de formación docente, pero manifestaban no sentirse preparados para alfabetizar. Algunos, incluso, reconocían que: ante la posibilidad de acceder a un cargo en primer grado, preferían rechazarlo por considerarse sin las herramientas necesarias para asumir esa responsabilidad.

En este contexto, y entendiendo que el actual fracaso escolar no se reduce a una disputa de métodos, es necesario avanzar hacia la definición de estrategias que permitan mejorar, de manera efectiva, la calidad de los aprendizajes en lectura y escritura. El desafío consiste en pensar cómo iniciar un camino sostenido de transformación que recupere el sentido de la alfabetización y garantice mejores condiciones para enseñar y aprender.

Profesionales reflexivos, no ejecutores

Fortalecer la formación docente inicial y la formación continua en servicio es clave. Estas instancias deben garantizar trayectos formativos de calidad, sostenidos y coherentes, basados en fundamentos teóricos sólidos y actualizados. Solo así podrán ofrecer a los docentes no sólo herramientas para implementar un método o un enfoque, sino también la posibilidad de comprenderlo profundamente, apropiarse de él y tomar decisiones pedagógicas situadas.

La alfabetización inicial es un proceso complejo, demanda profesionales capaces de analizar, reflexionar y tomar decisiones fundamentadas en la práctica. En ese sentido, asegurar una formación que potencie la autonomía y el criterio pedagógico de quienes enseñan es una condición clave. Sin docentes formados como profesionales reflexivos, ninguna política alfabetizadora podrá alcanzar sus objetivos.

Aprender de la experiencia docente

En mis primeros años de acompañamiento a escuelas primarias en alfabetización, creía firmemente que alfabetizar debía partir siempre de un texto valioso e incorporar literatura de calidad. Aún considero que ambas son insustituibles, pero comprendí que no basta. Los niños necesitan también comprender cómo se forman las palabras y cómo se articulan sonidos y letras para construir textos.

Ese aprendizaje no lo recibí en la universidad: lo aprendí de Mariela, una maestra de primer grado. Un día, revisando su planificación, vi un dictado con palabras ajenas al cuento trabajado. Cuando le pregunté, me dijo: Mis alumnos escriben palabras dificilísimas, pero necesito asegurarme de que no las repiten de memoria, sino que las construyen. Esa explicación fue reveladora. La lectura implica comprensión y la escritura supone crear significado, pero si un niño no tiene autonomía para hacerlo, depende siempre de otros, o nadie le enseña cómo funciona el sistema de escritura, su alfabetización queda inconclusa.

¿Como avanzamos? Un plan de alfabetización sostenido, basado en evidencias

Una primera línea de acción demanda construir una política educativa en torno a alfabetización inicial que cuente con un firme compromiso de continuidad. No se trata sólo de diseñar un plan, sino de sostenerlo en el tiempo, evaluarlo y realizar los ajustes necesarios a partir de la evidencia. La estabilidad de una política pública es condición indispensable para generar transformaciones reales y duraderas.

En este marco, urge que dicho plan considere de manera rigurosa, los datos educativos disponibles. Los resultados muestran con claridad que ciertos aspectos del enfoque de enseñanza de la lectura y la escritura utilizado en los últimos años no han logrado los aprendizajes esperados. Si bien es innegable que dicho enfoque aportó una valiosa mirada sociocultural sobre la lectura, también es evidente que dejó fuera dimensiones cruciales del proceso alfabetizador que hoy necesitamos revisar e incorporar. Esto exige dejar de lado posturas personales o grietas inútiles y volver a preguntarnos, con honestidad, qué requieren realmente los alumnos para aprender a leer y escribir de manera plena y efectiva.

En el año 2024, en el ámbito del Consejo Federal de Educación, las 24 jurisdicciones, acordaron una estrategia común orientada a fortalecer la alfabetización inicial. Esta decisión implicó la asunción de una responsabilidad compartida entre el Estado nacional y las provincias para enfrentar las dificultades persistentes en el aprendizaje de la lectura y la escritura.

No obstante, para que esta iniciativa se constituya en una política educativa verdaderamente transformadora, resulta indispensable que el acuerdo trascienda las gestiones y los cambios de autoridades, y sea sostenido por todas las corrientes políticas. Solo mediante la continuidad del plan, su evaluación sistemática y la realización de los ajustes necesarios a lo largo de, al menos una década, será posible consolidar mejoras reales que garanticen que todos los niños y niñas accedan al derecho de aprender a leer, escribir y construir su propia voz en la escuela.

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